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Tema: Totum revolutum

  1. #23161
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    @Wilbur, a mí me pasa igual con Rocco, pero la bajo siempre porque a un amigo mío le sucede como a tu madre, es fan total.
    @devonshire

    Pensé que te gustaba, por eso avisé (apareció el cuarto subtitulo "no oficial"), pero que la bajes porque le gusta un amigo, a menos que le pases los episodios, no deja de sorprenderme...

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  3. #23162
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    En cualquier momento muestro a toda la familia...

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  5. #23163
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    Gracias por el artículo Amadel. Está interesante pero lo de las maldiciones y las leyendas no va conmigo Creo que si analizaran todas las casas construídas en Venecia (o en otros lugares) desde 1487, cuando fue construída esta, hasta hoy, en día, verían que en cada una de ellas hubo muertes violentas, asesinatos, suicidios, etc. Son muchos años y muchos de los dueños y familiares deben haber tenido muertes más "normales" por vejez o enfermedades como le pasa a cualquiera pero de eso no se habla, solo nombran las que llaman la atención.
    @Wilbur

    De nada Ya sé que lo de las maldiciones y leyendas no va con vos (lo hablamos relacionado con el viernes 13) conmigo tampoco y como decís, remarcan lo que llama la atención, pero igualmente tanta casualidad en esa casa , inquieta un poquito...

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  7. #23164
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    @devonshire

    Pensé que te gustaba, por eso avisé (apareció el cuarto subtitulo "no oficial"), pero que la bajes porque le gusta un amigo, a menos que le pases los episodios, no deja de sorprenderme...
    Jajajaja, pues claro mujer, no me expliqué suficientemente, por supuesto que le paso los episodios, por eso me alegré cuando me avisaste de los subtítulos porque hacía días que mi iba preguntando por la serie

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  9. #23165
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    En cualquier momento muestro a toda la familia...

    Eso, eso, ahora saca una foto con los niños y el perro

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  11. #23166
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    Jajajaja, pues claro mujer, no me expliqué suficientemente, por supuesto que le paso los episodios, por eso me alegré cuando me avisaste de los subtítulos porque hacía días que mi iba preguntando por la serie
    @devonshire

    Ahora está claro y se entiende, yo pensé que te gustaba y por eso te alegrabas.

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  13. #23167
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    Eso, eso, ahora saca una foto con los niños y el perro
    @devonshire

    Perro no sé si tienen...,los "niños", pasan los 30 largos, Robert nació en 1981, es marino y la hija Katherine en 1983 es fisioterapeuta



    Ayer había encontrado una página, donde había fotos del abuelo, la madre , el padre, Suchet en su infancia e incluso el hermano, que tengo entendido que es presentador de televisión, pero hoy no la encuentro...
    Última edición por Amadel; 13-02-2020 a las 15:33:33

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  15. #23168
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    Bahia Blanca, la capital del Basquetbol en la Argentina!!
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    Descubrieron una misteriosa señal de radio que llega a la Tierra desde una galaxia que está a 500 millones de años luz.
    https://www.infobae.com/america/cien...-de-la-tierra/


    "La vida es demasiado corta, para tener enemigos" Ayrton Senna

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  17. #23169
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    Descubrieron una misteriosa señal de radio que llega a la Tierra desde una galaxia que está a 500 millones de años luz.
    https://www.infobae.com/america/cien...-de-la-tierra/
    @jmanuellopez76

    ¡Muchas gracias por el artículo!Lo había leído ayer y todo es bastante inexplicable.. son muy curiosas esas señales...

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  19. #23170
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    Esto de las señales, siendo curioso como es, me resulta un tanto raro porque por lo menos por aquí esta noticia sale cada equis años, aunque igual se trata de señales distintas.
    Última edición por devonshire; 13-02-2020 a las 17:02:08

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  21. #23171
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  23. #23172
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    @jmanuellopez76

    ¡Muchas gracias por el artículo!Lo había leído ayer y todo es bastante inexplicable.. son muy curiosas esas señales...
    Explicacion logica debe de tener, pues se debe a una onda electromagnetica, con la misma frecuencia que utiliza la radio, de alli que se hace audible al oido del hombre.
    Que hay miles de ondas en el universo, con esta frecuencia, no lo dudo ni un instante, aunque su repeticion en secuencia, con un lapso de tiempo determinado, me generan las dudas.
    Si se calcula que la edad del universo es de unos 13,7 mil millones de años con un error de sólo 200 millones de años arriba o abajo y que la Tierra, se formó hace aproximadamente unos 4470 millones de años...
    Es posible y no remota de que hubiera vida en un planeta hace 500 millones de años, mucho mas si hipoteticamente uno podria suponer que si el hombre hubiera evolucionado a partir de los dinosaurios, tendriamos un arbol genealogico de 225 millones de años.

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  25. #23173
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    Muchas gracias Devon!!...
    para leer y debatir

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  27. #23174
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    "Explicacion logica debe de tener, pues se debe a una onda electromagnetica, con la misma frecuencia que utiliza la radio, de alli que se hace audible al oido del hombre.", muy buena observación, @jmanuellopez76, no había caído yo en eso, se nota que entiendes de estas cosas!

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  29. #23175
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    El día que Al Capone celebró San Valentín a su manera.

    En la emboscada fueron ejecutados siete pandilleros. Fuente: Internet.

    Un 14 de febrero del año 1929 ocurría en Chicago lo que luego se denominó "La Matanza de San Valentín". En plena Ley Seca, en donde la comercialización de alcohol estaba prohibida, las organizaciones criminales encontraron un negocio muy fructífero en el contrabando y venta del mismo. Uno de los nombres más importantes dentro de este momento histórico fue el de Al Capone, también conocido como "Cara cortada".

    En este contexto, algunos miembros de la "North Side Gang" o pandilla del lado norte, se encontraban reunidos cerrando algunos negocios que obviamente estaban por fuera de la ley. En ese momento, aparecieron dos patrulleros y varios policías los interrogaron. A pesar de que los mafiosos aseguraron que la plata para liberar la zona ya estaba entregada, hicieron poner a los siete mafiosos de espaldas contra la pared para liquidarlos. Los uniformados, en realidad, eran miembros de la banda de Al Capone que había planificado la trampa para liquidar a su rival Bugs Moran.
    Hasta el día de hoy todavía no se sabe con certeza si efectivamente el que planificó la matanza fue Al Capone, pero la leyenda lo ubica a este capo mafia como máximo responsable de esta masacre y de muchos más crímenes. La caída de Al fue durante la década del '30 cuando fue condenado por evasión de impuestos, sentenciado por 11 años y enviado a la prisión de Alcatraz. Murió en 1947 por neumonía en Miami Beach, Florida.


    Al Capone fue uno de los gángsters más importantes de la historia. Fuente: Internet.

    https://www.lanacion.com.ar/sociedad...tin-nid2333409

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  31. #23176
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    La década impía
    Los años veinte del siglo pasado fueron culturalmente un pequeño oasis de jazz, faldas cortas y art déco, pero también la génesis del fascismo que arrasaría el mundo.

    Spoiler:
    SPOILER:
    Locos y felices. Locos y felices. A los años veinte se les da el tratamiento que se da a la gente orillada. Aquellos que por su condición –loca y feliz– sencillamente no sirven para nada útil. El progreso del hombre, nos explican con palabras grandilocuentes y levita de paño, se consigue con sensatez y contrición. Se consigue con antónimos. Locos y felices son los dos adjetivos que acompañan por convención a esta década concediéndole el salvoconducto de lo irrelevante, lo indigno y lo inclasificable que, por no sancionarlo, es descartado con un hálito de censura: si hubieran estado a lo que tocaba...
    Como al pariente extravagante, no se le reprende de forma franca y se le concede el privilegio de seguir concentrado en su extraña alegría colorista e irresponsable (toda felicidad lo es en este atribulado rincón del mundo), pero se le sirve el café en la galería, lejos del los adultos, para que deje a sus mayores la gestión de las cosas serias: la heredad de la finca de los abuelos o la gestión de la fábrica de papá.

    Locos y felices, ellos que pueden, mientras los humanos rectos apenas dormimos pensando en las cosas graves de la vida y de la hacienda. Ciertamente los años veinte contienen atributos para ser considerados locos y felices pero no más que los sesenta, los ochenta o los dos mil. Locos y felices como aquel que desatiende sus deberes por atender sus gozos. Locos y felices, antónimo de toda virtud germánica de la gente de bien, que es cabal y circunspecta. Años paganos.

    Son los años veinte cuando Estados Unidos comienza a consolidarse como vanguardia cultural de Occidente. Entiéndase esa emanación cultural en el sentido antropológico del término, nación jovencísima, pionera y exportadora de músicas, letras e imágenes tanto como de nuevos usos y costumbres destinados a convertir a toda la civilización Occidental. Cien años se cumplen de aquel libertinaje de charlestón, jazz, faldas por la rodilla, sombreros fedora, altísimas fachadas art decó, automóviles populares y ley seca . Una alegría que se detendría por la fuerza cuando el sistema financiero reventó el 24 de octubre de 1929. Los años veinte son la licenciosa fiesta en la cubierta del Titanic .

    Europa, entre tanto América se convertía en el centro del mundo, cosía la herida de la I Guerra Mundial sin saber que aquella laceración descomunal no llegaría a cicatrizar nunca y causaría una septicemia aguda que muy pocos años después llevaría, al continente primero y a medio mundo después, a un fallo multiorgánico, a un horror aún mayor, inmensurable por sanguinario y enfermizo. Horror al por mayor y en cadena de montaje. Un horror cuyos primeros rumores, indiciarios e inofensivos globos rojos, pasean silenciosos estos días por toda Europa sin que nadie parezca del todo consciente de que detrás del globo inofensivo sonríe el homicida payaso Pennywise.

    Pero entonces, mientras la bestia iba desperezándose en el continente y en el Lejano Oriente, con los Camisas negras marchando sobre Roma , Hirohito convirtiéndose en emperador y Adolf Hitler tomando el liderazgo del partido nazi , las capitales continentales, concentración de nuevas y viejas clases medias, comenzaban a mimetizar expresiones del ocio y la cultura popular estadounidenses, nuevas formas de entretenimiento y diversión, al tiempo que bullían vanguardias artísticas en una segunda bohemia que retomaba sus afanosa creatividad y su imaginativo noctambulismo en el punto en que la Gran Guerra había obligado a dejarlos tras un cambio de siglo de hiperactividad y vigilias.

    Es paradójico, o quizá no tanto, que fuera el puritanismo religioso el impulsor de muchas de esas dinámicas culturales basadas en el placer del abandono. La Ley Seca de 1920 no fue el producto de una arbitrariedad o una contingencia, sino del empuje de un puritanismo religioso convenientemente animado por las autoridades y el capital. La nueva burguesía empresarial norteamericana veía en las organizaciones caritativas cristianas, llenas de beatos de la misma grey, una forma más eficiente y menos conflictiva de atender a los menesterosos trabajadores industriales, mitigar su hambre y su frío, y quitarse de encima el incordio de los potentes sindicatos americanos. Se les dio alas por ello y un día tenían tanto poder que cerraron los alambiques y prohibieron el sacrosanto derecho a la ebriedad.
    El efecto de esa cerrazón tan pía consistente en santiguarse y cerrar los ojos, para cuya justa retribución hubo de llenarse el Cielo de hamacas, fue que, apartando de la luz pública el consumo de alcohol y condenándolo a la clandestinidad, se incubaba toda una industria hostelera encubierta para la distribución de bebidas y ya de paso, opiáceos y sexo. Que la prostitución, las drogas, el baile indecoroso, los vestidos cortos de hombros descubiertos (síntoma de la emancipación dionisiaca de la mujer de la pequeña burguesía, por primera vez partícipe de los placeres del tabaco, la bebida y el baile casi en igualdad de condiciones al varón) y a la postre un pujante libertinaje sexual eran la consecuencia obvia de condenar el ocio nocturno a vivir en las zonas umbrías de la civilización, en el ángulo muerto de la ley. Si el asueto tenía que ser necesariamente secreto e ilegal, en licorerías y cabarets solapados, también podía dejarse llevar por pulsiones dionisiacas consideradas, a la luz del día, abiertamente inmorales.

    Antes que la Ley Seca se había aprobado la ley Harrison de Narcóticos, en 1914, que establecía tasas y registros para el uso de cocaína y morfina. Pero después de 1920, condenados los locales de ocio a vivir fuera de la ley, tan grave era pedir un bourbon como entregarse a la morfina. Existía, además, toda una generación de soldados que se había acostumbrado al uso de drogas para paliar las secuelas físicas y anímicas de la guerra que pasó a un uso recreativo, y aún flotaba en el aire el aroma aristocrático del consumo de ciertos estupefacientes, que en el cambio de siglo habían sido adornados con la distinción de lo exclusivo.

    Ese paisaje alucinógeno es la patria del jazz y del charlestón, pero también, en otras latitudes de América Latina y Europa, del tango, otra danza tórrida y arrebatada, impía se mire por donde se mire, nacida en el Río de la Plata de la fusión multiétnica característica de la región. Junto a la milonga y el candombe uruguayo, se consideran las tres expresiones genuinas de la marcada influencia africana en las músicas de Latinoamérica. Africanas como el charlestón y el jazz, cuyo origen se sitúa en Nueva Orleans. Músicas de la madre África, músicas paganas.

    Es paradójico que pese a compartir un gen africano, el tango se articule como una pautada danza de cortejo, que concluye con la rendición, cuya patente obscenidad (en los términos de decoro de la época, se entiende), con sus sofisticados y briosos pasos, sea todo lo contrario del libérrimo abandono del charlestón. Aunque eventualmente se bailaba en parejas, el charlestón, que debe su nombre a la ciudad portuaria de donde procede, y que fue una de las músicas de hegemonía más efímera –nacida en torno a 1903, su consolidación urbana comienza tras la I Guerra Mundial, pero apenas en 1927 comienza a decaer–, era un baile que se practicaba sobre todo en solitario y que se caracterizaba por unos movimientos amplios y espontáneos de brazos y piernas.

    Danza tribal, pero en vestidos de Coco Chanel, que por aquellos años ya era la diosa del diseño. Su influencia estaba en la raíz de aquella repentina androginia que se veía en los cabarets clandestinos: chicas con vestidos rectos y cortos que disimulaban el pecho y las caderas, con tirantes, lentejuelas y flecos, el pelo estilo garçon y moviéndose en convulsos espasmos que recordaban necesariamente a las danzas africanas, todo ello iluminado por el beatífico influjo del alcohol y los opiáceos.

    El jazz, también negro, mandó mucho entonces, pero lo hizo en su versión menos meditabunda, más dinámica. Si en la década anterior el delta del Mississippi había sido la capital mundial del jazz, la clausura en 1917 del barrio de Storyville, en Nueva Orleans, acabó con esa centralidad y provocó la diáspora de los músicos de jazz, sobre todo hacia las ciudades de Chicago y Nueva York. Storyville fue la cuna de jazz en parte por una circunstancia escabrosa: en 1897 las autoridades delimitaron el barrio como única zona donde la prostitución era legal y estaba regulada.

    El propósito era tratar de controlar el crimen y los disturbios propios de las actividades noctívagas mediante la regulación y el acotamiento. En aquellos vivarachos burdeles nació el jazz a piano solo o en pequeños tríos, mientras las ruidosas bandas de seis o más músicos ejercían su festivo dominio en las salas de baile y los cabarets. La clausura policial de esta pequeña Gomorra obedeció a lo obvio: medraban los altercados, las peleas y la delincuencia. La zona concentraba en sus escuetas calles a toda la población con ganas de diversión, pero también a cualquier arribista, delincuente o pendenciero que se desempeñase en cientos de millas a la redonda.

    En Chicago, capital musical del norte de Estados Unidos, se hibridaron las maneras africanas, a menudo armónicamente caóticas, libérrimas, con la académica afinación de jóvenes músicos blancos fascinados por la energía de la música negra en formaciones mixtas en las que se configuraron nuevos cánones para este género. Nueva York, cuyas descomunales dimensiones venían prestando cobijo al jazz nocturno desde los primeros años del siglo, reunió entonces a grandes bandas como la orquesta de Fletcher Henderson, por la que pasaron los grandes nombres propios del género, que fueron estilizando y popularizando los modales de esta música, que antes de ser culta, y pese a su patente complejidad técnica, fue una suerte de pop avant-la-lettre.

    De todo ello, alcohol, drogas, música y humo, se contagiaron algunas urbes europeas, empezando por París, donde recalaban las celebridades de la cultura norteamericana del momento –escritores, pintores y músicos–, pero también, artistas venidos de toda Europa. Es ese París en cuyos locales nocturnos se tropezaban Buñuel, Picasso , Fitzgerald y Hemingway , que Woody Allen bañó de mito en la juguetona Midnight in Paris (2011). Europa reía y creaba, descubría la importancia civilizatoria de la cultura en su dimensión más ociosa y grata, envuelta en una joie de vivre sin precedentes a la que la historia reservaba un castigo bíblico. Por estos lares, éramos más de tener las parroquias llenas y las barrigas vacías, lo que también explica la afición por París de nuestros más insignes artistas.
    Fueron los años veinte también la década en la que el cine comenzó a arrebatar al teatro y la novela la hegemonía narrativa, un mando que habría de ejercer en adelante como principal expresión de la ficción de gran consumo, y lo hizo de forma ininterrumpida hasta hoy, cuando su dominio vive amenazado por su derivado, las series, y, más radicalmente, por los videojuegos. Si bien la potente e inventiva industria cinematográfica francesa, pionera de casi todo, había sido arrasada por la Gran Guerra, la pujante California y la Alemania arruinada por el Tratado de Versalles asumían una preponderancia artística incuestionable en esta nueva arte en la que tanta de su arquitectura sintáctica estaba por construirse.
    Bajo la égida de la todopoderosa UFA, podemos decir que los germanos producían las ficciones más imaginativas y fantasiosas, mientras en Hollywood, triunfaba un cine más serio, merced a la progresiva sofisticación de unos géneros que iban orillando las exitosas comedias slapstick de la década anterior. Alemania hacía superproducciones y Hollywood películas de clase media, más realistas y baratas. El cine de gángsters, por un lado, precursor de lo que dos décadas después sería el cine negro, y la comedia de costumbres por otro, bajo la batuta de un Ernst Lubitsch en plenitud, hicieron crecer y ensancharse, en lo económico como en lo narrativo, la producción hollywoodiense.

    La parquedad textual del cine mudo potenciaba su carácter ecuménico, universal, capaz de convertirse en entretenimiento favorito de las clases populares, aun pobremente alfabetizadas. Y sin embargo, este inconveniente técnico no arredraba a los productores y directores de emprender adaptaciones literarias incluso de los más conocidos estilistas del lenguaje, como el caso de El abanico de Lady Windermere (1925), de Lubistch, versión muda del título homónimo de Oscar Wilde. Tal desarrollo tuvieron estas habilidades narrativas que mucho fue lo que habría que reinventar en la industria a partir de 1927, estreno de la primera película sonora, El cantor de jazz, de Alan Crosland. Ese cataclismo, lanzaría a Hollywood a su edad dorada, marcada por el género musical como síntesis del país del cine y el cabaret, y perfecto remedio de evasión contra las miserias de la Gran Depresión. Pero sería en la década venidera.

    Entre tanto, la UFA dejaba boquiabierto al mundo con sus hitos expresionistas, producciones ambiciosas, llenas de efectos especiales, pensadas para conmover y apabullar con historias más grandes que la vida. Y más tormentosas. De El gabinete del Doctor Caligari (1920), de Robert Wiene, a Metropolis (1927), de Fritz Lang, pasando por las asombrosas Nosferatu (1922) y Fausto (1926), ambas de F. W. Murnau, el prodigio se reivindicaba como vehículo principal de la cultura audiovisual.

    El alma atormentada de la República de Weimar, su creciente romanticismo evasivo y sus sueños futuristas (mutados luego en pesadillas de lo real) encontraron en la UFA, muy enfocada a la exportación, una caja de resonancia pluscuamperfecta y en los intensos ademanes del expresionismo el lenguaje idóneo para tanta incertidumbre y melancolía.
    Abocetándolo, durante ese escueto periodo y hundida la industria francesa, Alemania era el equivalente a lo que hoy supone el conglomerado Marvel-Disney, con sus quiméricas superproducciones, y Hollywood se parecía más a Netflix, con películas de presupuesto medio crónicas de lo inmediato.

    Las increíbles posibilidades plásticas del truco cinematográfico –como se solía denominar desde George Méliès a los efectos especiales– llamaron la atención del mundo de las artes plásticas por entonces. Son los años de oro de las vanguardias, del cubismo al surrealismo, pasando por el constructivismo o el neoplasticismo. Los nombres de Picasso, Paul Klee, Dalí, Mondrian, Modigliani , De Chirico suenan entonces en los círculos burgueses de las grandes urbes y no es casual que conviva Un perro andaluz (1929), de Buñuel y Dalí , con El último (1926), de Murnau. Ballet mécanique (1924), del pintor Fernand Léger, Entreacto (1924), de René Clair y Francis Picabia, o La estrella de mar (1928), de Man Ray y Robert Desnos, son otros hitos del abrazo de las artes plásticas al versátil cinematógrafo.
    Clientes predilectos de ese mundo relajado, nocherniego y enamorado de la belleza fueron Francis Scott Fitzgerald y Zelda Sayre (convertida en Zelda Fitzgerald tras casarse ambos en 1920). Su literatura y su biografía ilustran como pocas la década toda, en Nueva Jersey, París o la Costa Azul. Ambos eran celebridades, la expresión misma de la juventud y el éxito, y su trágico destino –ella, loca; él, alcohólico– son un correlato de la historia del siglo XX entre los años 20 y los años 40.

    Se diría que los Fitzgerald y su suerte caminaban acompasados al destino del mundo, a la ruina que lo estremecería tras el Crack del 29, a las penurias que siguieron y al imperio de demonios en que todo ello desembocaría. Incluso la convulsa historia de su amistad con Ernest Hemingway, al que Scott apadrinó para convertirlo en literato famoso y por el que fue abandonado cuando vinieron mal dadas, dibuja la precariedad de las alianzas en esos tiempos turbulentos: La Sociedad de Naciones, cuyo único fin era evitar otra guerra corrió esa misma suerte.

    Hostigados por otras calamidades, en las letras esa fue también la década del revolucionario Ulises de James Joyce y del célebre Círculo de Bloomsbury , auspiciado por la editorial Hogarth Press, de regentada por Virginia y Leonard Wolf, un grupo heterodoxo del que formaban parte, además del matrimonio Wolf, el novelista E. M. Foster y el crítico Desmond MacCarthy, entre otros. Compartían un ateísmo militante, ideas liberales y humanistas y un sumario desprecio por la moral victoriana. Es decir, charlestón. Y como el baile, tuvieron mejor posteridad que suerte en el empeño.








    Nuestros años veinte, como tantas veces, querían sincronizarse con el paso de Occidente, pero no fueron tan alegres y locos como en el alrededor. Por estos pagos, las preocupaciones tenían más que ver con la crónica del subdesarrollo y con los intentos de permanecer conectados con las vanguardias formales. Es la España en la que ejercen su condición maestral Machado y Unamuno, pero también la que ampara a la llamada Generación del 27, con Federico García Lorca a la cabeza, y su coetáneo femenino, Las Sinsombrero, de las que María Zambrano era mascarón de proa; grupos de suerte biográfica tan funesta como la que el destino reservaba al propio país.

    En el Lorca poeta como en el dramaturgo acierta a explicarse la naturaleza dual de un país vivaz, festivo y jacarandoso, y al tiempo famélico e iletrado, sometido por la observancia de atavismos religiosos inveterados y por una maldición de caciques y caudillos. Un pura sangre sujeto por una embocadura corta. Esa lucidez le costaría la vida a Lorca cuando cambiaron las tornas, cuando la copla dejó de cantar al albedrío sexual portuario o de arrabal, y pasó a rimar amoríos convencionales.

    La impregnación de la fábula moral judeocristiana hace que en aquel esplendor de la carne se busque la causa de la desgracia ulterior. Como si la historia sacrificara su condición contingente para dar gusto al dios terrible del Antiguo Testamento. O un mesías echando a los mercaderes del templo. Así, al igual que de la hecatombe financiera de 2008 se culpó al bienestar material de nuestras vidas previas y no a una fanática doctrina financiera de casino, a la felicidad herética de los años 20 se acusa de las penurias que la sucedieron, incluso de los monstruos que habrían de venir. Pero conviene apuntar, por lo que venga, que fueron un armador ávido y un capitán escaso de actitud los que condujeron al fondo del océano el Titanic. Que la música, el amor, el champán y la belleza no hunden navíos.

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    La década impía
    Los años veinte del siglo pasado fueron culturalmente un pequeño oasis de jazz, faldas cortas y art déco, pero también la génesis del fascismo que arrasaría el mundo.

    Spoiler:
    SPOILER:
    Locos y felices. Locos y felices. A los años veinte se les da el tratamiento que se da a la gente orillada. Aquellos que por su condición –loca y feliz– sencillamente no sirven para nada útil. El progreso del hombre, nos explican con palabras grandilocuentes y levita de paño, se consigue con sensatez y contrición. Se consigue con antónimos. Locos y felices son los dos adjetivos que acompañan por convención a esta década concediéndole el salvoconducto de lo irrelevante, lo indigno y lo inclasificable que, por no sancionarlo, es descartado con un hálito de censura: si hubieran estado a lo que tocaba...
    Como al pariente extravagante, no se le reprende de forma franca y se le concede el privilegio de seguir concentrado en su extraña alegría colorista e irresponsable (toda felicidad lo es en este atribulado rincón del mundo), pero se le sirve el café en la galería, lejos del los adultos, para que deje a sus mayores la gestión de las cosas serias: la heredad de la finca de los abuelos o la gestión de la fábrica de papá.

    Locos y felices, ellos que pueden, mientras los humanos rectos apenas dormimos pensando en las cosas graves de la vida y de la hacienda. Ciertamente los años veinte contienen atributos para ser considerados locos y felices pero no más que los sesenta, los ochenta o los dos mil. Locos y felices como aquel que desatiende sus deberes por atender sus gozos. Locos y felices, antónimo de toda virtud germánica de la gente de bien, que es cabal y circunspecta. Años paganos.

    Son los años veinte cuando Estados Unidos comienza a consolidarse como vanguardia cultural de Occidente. Entiéndase esa emanación cultural en el sentido antropológico del término, nación jovencísima, pionera y exportadora de músicas, letras e imágenes tanto como de nuevos usos y costumbres destinados a convertir a toda la civilización Occidental. Cien años se cumplen de aquel libertinaje de charlestón, jazz, faldas por la rodilla, sombreros fedora, altísimas fachadas art decó, automóviles populares y ley seca . Una alegría que se detendría por la fuerza cuando el sistema financiero reventó el 24 de octubre de 1929. Los años veinte son la licenciosa fiesta en la cubierta del Titanic .

    Europa, entre tanto América se convertía en el centro del mundo, cosía la herida de la I Guerra Mundial sin saber que aquella laceración descomunal no llegaría a cicatrizar nunca y causaría una septicemia aguda que muy pocos años después llevaría, al continente primero y a medio mundo después, a un fallo multiorgánico, a un horror aún mayor, inmensurable por sanguinario y enfermizo. Horror al por mayor y en cadena de montaje. Un horror cuyos primeros rumores, indiciarios e inofensivos globos rojos, pasean silenciosos estos días por toda Europa sin que nadie parezca del todo consciente de que detrás del globo inofensivo sonríe el homicida payaso Pennywise.

    Pero entonces, mientras la bestia iba desperezándose en el continente y en el Lejano Oriente, con los Camisas negras marchando sobre Roma , Hirohito convirtiéndose en emperador y Adolf Hitler tomando el liderazgo del partido nazi , las capitales continentales, concentración de nuevas y viejas clases medias, comenzaban a mimetizar expresiones del ocio y la cultura popular estadounidenses, nuevas formas de entretenimiento y diversión, al tiempo que bullían vanguardias artísticas en una segunda bohemia que retomaba sus afanosa creatividad y su imaginativo noctambulismo en el punto en que la Gran Guerra había obligado a dejarlos tras un cambio de siglo de hiperactividad y vigilias.

    Es paradójico, o quizá no tanto, que fuera el puritanismo religioso el impulsor de muchas de esas dinámicas culturales basadas en el placer del abandono. La Ley Seca de 1920 no fue el producto de una arbitrariedad o una contingencia, sino del empuje de un puritanismo religioso convenientemente animado por las autoridades y el capital. La nueva burguesía empresarial norteamericana veía en las organizaciones caritativas cristianas, llenas de beatos de la misma grey, una forma más eficiente y menos conflictiva de atender a los menesterosos trabajadores industriales, mitigar su hambre y su frío, y quitarse de encima el incordio de los potentes sindicatos americanos. Se les dio alas por ello y un día tenían tanto poder que cerraron los alambiques y prohibieron el sacrosanto derecho a la ebriedad.
    El efecto de esa cerrazón tan pía consistente en santiguarse y cerrar los ojos, para cuya justa retribución hubo de llenarse el Cielo de hamacas, fue que, apartando de la luz pública el consumo de alcohol y condenándolo a la clandestinidad, se incubaba toda una industria hostelera encubierta para la distribución de bebidas y ya de paso, opiáceos y sexo. Que la prostitución, las drogas, el baile indecoroso, los vestidos cortos de hombros descubiertos (síntoma de la emancipación dionisiaca de la mujer de la pequeña burguesía, por primera vez partícipe de los placeres del tabaco, la bebida y el baile casi en igualdad de condiciones al varón) y a la postre un pujante libertinaje sexual eran la consecuencia obvia de condenar el ocio nocturno a vivir en las zonas umbrías de la civilización, en el ángulo muerto de la ley. Si el asueto tenía que ser necesariamente secreto e ilegal, en licorerías y cabarets solapados, también podía dejarse llevar por pulsiones dionisiacas consideradas, a la luz del día, abiertamente inmorales.

    Antes que la Ley Seca se había aprobado la ley Harrison de Narcóticos, en 1914, que establecía tasas y registros para el uso de cocaína y morfina. Pero después de 1920, condenados los locales de ocio a vivir fuera de la ley, tan grave era pedir un bourbon como entregarse a la morfina. Existía, además, toda una generación de soldados que se había acostumbrado al uso de drogas para paliar las secuelas físicas y anímicas de la guerra que pasó a un uso recreativo, y aún flotaba en el aire el aroma aristocrático del consumo de ciertos estupefacientes, que en el cambio de siglo habían sido adornados con la distinción de lo exclusivo.

    Ese paisaje alucinógeno es la patria del jazz y del charlestón, pero también, en otras latitudes de América Latina y Europa, del tango, otra danza tórrida y arrebatada, impía se mire por donde se mire, nacida en el Río de la Plata de la fusión multiétnica característica de la región. Junto a la milonga y el candombe uruguayo, se consideran las tres expresiones genuinas de la marcada influencia africana en las músicas de Latinoamérica. Africanas como el charlestón y el jazz, cuyo origen se sitúa en Nueva Orleans. Músicas de la madre África, músicas paganas.

    Es paradójico que pese a compartir un gen africano, el tango se articule como una pautada danza de cortejo, que concluye con la rendición, cuya patente obscenidad (en los términos de decoro de la época, se entiende), con sus sofisticados y briosos pasos, sea todo lo contrario del libérrimo abandono del charlestón. Aunque eventualmente se bailaba en parejas, el charlestón, que debe su nombre a la ciudad portuaria de donde procede, y que fue una de las músicas de hegemonía más efímera –nacida en torno a 1903, su consolidación urbana comienza tras la I Guerra Mundial, pero apenas en 1927 comienza a decaer–, era un baile que se practicaba sobre todo en solitario y que se caracterizaba por unos movimientos amplios y espontáneos de brazos y piernas.

    Danza tribal, pero en vestidos de Coco Chanel, que por aquellos años ya era la diosa del diseño. Su influencia estaba en la raíz de aquella repentina androginia que se veía en los cabarets clandestinos: chicas con vestidos rectos y cortos que disimulaban el pecho y las caderas, con tirantes, lentejuelas y flecos, el pelo estilo garçon y moviéndose en convulsos espasmos que recordaban necesariamente a las danzas africanas, todo ello iluminado por el beatífico influjo del alcohol y los opiáceos.

    El jazz, también negro, mandó mucho entonces, pero lo hizo en su versión menos meditabunda, más dinámica. Si en la década anterior el delta del Mississippi había sido la capital mundial del jazz, la clausura en 1917 del barrio de Storyville, en Nueva Orleans, acabó con esa centralidad y provocó la diáspora de los músicos de jazz, sobre todo hacia las ciudades de Chicago y Nueva York. Storyville fue la cuna de jazz en parte por una circunstancia escabrosa: en 1897 las autoridades delimitaron el barrio como única zona donde la prostitución era legal y estaba regulada.

    El propósito era tratar de controlar el crimen y los disturbios propios de las actividades noctívagas mediante la regulación y el acotamiento. En aquellos vivarachos burdeles nació el jazz a piano solo o en pequeños tríos, mientras las ruidosas bandas de seis o más músicos ejercían su festivo dominio en las salas de baile y los cabarets. La clausura policial de esta pequeña Gomorra obedeció a lo obvio: medraban los altercados, las peleas y la delincuencia. La zona concentraba en sus escuetas calles a toda la población con ganas de diversión, pero también a cualquier arribista, delincuente o pendenciero que se desempeñase en cientos de millas a la redonda.

    En Chicago, capital musical del norte de Estados Unidos, se hibridaron las maneras africanas, a menudo armónicamente caóticas, libérrimas, con la académica afinación de jóvenes músicos blancos fascinados por la energía de la música negra en formaciones mixtas en las que se configuraron nuevos cánones para este género. Nueva York, cuyas descomunales dimensiones venían prestando cobijo al jazz nocturno desde los primeros años del siglo, reunió entonces a grandes bandas como la orquesta de Fletcher Henderson, por la que pasaron los grandes nombres propios del género, que fueron estilizando y popularizando los modales de esta música, que antes de ser culta, y pese a su patente complejidad técnica, fue una suerte de pop avant-la-lettre.

    De todo ello, alcohol, drogas, música y humo, se contagiaron algunas urbes europeas, empezando por París, donde recalaban las celebridades de la cultura norteamericana del momento –escritores, pintores y músicos–, pero también, artistas venidos de toda Europa. Es ese París en cuyos locales nocturnos se tropezaban Buñuel, Picasso , Fitzgerald y Hemingway , que Woody Allen bañó de mito en la juguetona Midnight in Paris (2011). Europa reía y creaba, descubría la importancia civilizatoria de la cultura en su dimensión más ociosa y grata, envuelta en una joie de vivre sin precedentes a la que la historia reservaba un castigo bíblico. Por estos lares, éramos más de tener las parroquias llenas y las barrigas vacías, lo que también explica la afición por París de nuestros más insignes artistas.
    Fueron los años veinte también la década en la que el cine comenzó a arrebatar al teatro y la novela la hegemonía narrativa, un mando que habría de ejercer en adelante como principal expresión de la ficción de gran consumo, y lo hizo de forma ininterrumpida hasta hoy, cuando su dominio vive amenazado por su derivado, las series, y, más radicalmente, por los videojuegos. Si bien la potente e inventiva industria cinematográfica francesa, pionera de casi todo, había sido arrasada por la Gran Guerra, la pujante California y la Alemania arruinada por el Tratado de Versalles asumían una preponderancia artística incuestionable en esta nueva arte en la que tanta de su arquitectura sintáctica estaba por construirse.
    Bajo la égida de la todopoderosa UFA, podemos decir que los germanos producían las ficciones más imaginativas y fantasiosas, mientras en Hollywood, triunfaba un cine más serio, merced a la progresiva sofisticación de unos géneros que iban orillando las exitosas comedias slapstick de la década anterior. Alemania hacía superproducciones y Hollywood películas de clase media, más realistas y baratas. El cine de gángsters, por un lado, precursor de lo que dos décadas después sería el cine negro, y la comedia de costumbres por otro, bajo la batuta de un Ernst Lubitsch en plenitud, hicieron crecer y ensancharse, en lo económico como en lo narrativo, la producción hollywoodiense.

    La parquedad textual del cine mudo potenciaba su carácter ecuménico, universal, capaz de convertirse en entretenimiento favorito de las clases populares, aun pobremente alfabetizadas. Y sin embargo, este inconveniente técnico no arredraba a los productores y directores de emprender adaptaciones literarias incluso de los más conocidos estilistas del lenguaje, como el caso de El abanico de Lady Windermere (1925), de Lubistch, versión muda del título homónimo de Oscar Wilde. Tal desarrollo tuvieron estas habilidades narrativas que mucho fue lo que habría que reinventar en la industria a partir de 1927, estreno de la primera película sonora, El cantor de jazz, de Alan Crosland. Ese cataclismo, lanzaría a Hollywood a su edad dorada, marcada por el género musical como síntesis del país del cine y el cabaret, y perfecto remedio de evasión contra las miserias de la Gran Depresión. Pero sería en la década venidera.

    Entre tanto, la UFA dejaba boquiabierto al mundo con sus hitos expresionistas, producciones ambiciosas, llenas de efectos especiales, pensadas para conmover y apabullar con historias más grandes que la vida. Y más tormentosas. De El gabinete del Doctor Caligari (1920), de Robert Wiene, a Metropolis (1927), de Fritz Lang, pasando por las asombrosas Nosferatu (1922) y Fausto (1926), ambas de F. W. Murnau, el prodigio se reivindicaba como vehículo principal de la cultura audiovisual.

    El alma atormentada de la República de Weimar, su creciente romanticismo evasivo y sus sueños futuristas (mutados luego en pesadillas de lo real) encontraron en la UFA, muy enfocada a la exportación, una caja de resonancia pluscuamperfecta y en los intensos ademanes del expresionismo el lenguaje idóneo para tanta incertidumbre y melancolía.
    Abocetándolo, durante ese escueto periodo y hundida la industria francesa, Alemania era el equivalente a lo que hoy supone el conglomerado Marvel-Disney, con sus quiméricas superproducciones, y Hollywood se parecía más a Netflix, con películas de presupuesto medio crónicas de lo inmediato.

    Las increíbles posibilidades plásticas del truco cinematográfico –como se solía denominar desde George Méliès a los efectos especiales– llamaron la atención del mundo de las artes plásticas por entonces. Son los años de oro de las vanguardias, del cubismo al surrealismo, pasando por el constructivismo o el neoplasticismo. Los nombres de Picasso, Paul Klee, Dalí, Mondrian, Modigliani , De Chirico suenan entonces en los círculos burgueses de las grandes urbes y no es casual que conviva Un perro andaluz (1929), de Buñuel y Dalí , con El último (1926), de Murnau. Ballet mécanique (1924), del pintor Fernand Léger, Entreacto (1924), de René Clair y Francis Picabia, o La estrella de mar (1928), de Man Ray y Robert Desnos, son otros hitos del abrazo de las artes plásticas al versátil cinematógrafo.
    Clientes predilectos de ese mundo relajado, nocherniego y enamorado de la belleza fueron Francis Scott Fitzgerald y Zelda Sayre (convertida en Zelda Fitzgerald tras casarse ambos en 1920). Su literatura y su biografía ilustran como pocas la década toda, en Nueva Jersey, París o la Costa Azul. Ambos eran celebridades, la expresión misma de la juventud y el éxito, y su trágico destino –ella, loca; él, alcohólico– son un correlato de la historia del siglo XX entre los años 20 y los años 40.

    Se diría que los Fitzgerald y su suerte caminaban acompasados al destino del mundo, a la ruina que lo estremecería tras el Crack del 29, a las penurias que siguieron y al imperio de demonios en que todo ello desembocaría. Incluso la convulsa historia de su amistad con Ernest Hemingway, al que Scott apadrinó para convertirlo en literato famoso y por el que fue abandonado cuando vinieron mal dadas, dibuja la precariedad de las alianzas en esos tiempos turbulentos: La Sociedad de Naciones, cuyo único fin era evitar otra guerra corrió esa misma suerte.

    Hostigados por otras calamidades, en las letras esa fue también la década del revolucionario Ulises de James Joyce y del célebre Círculo de Bloomsbury , auspiciado por la editorial Hogarth Press, de regentada por Virginia y Leonard Wolf, un grupo heterodoxo del que formaban parte, además del matrimonio Wolf, el novelista E. M. Foster y el crítico Desmond MacCarthy, entre otros. Compartían un ateísmo militante, ideas liberales y humanistas y un sumario desprecio por la moral victoriana. Es decir, charlestón. Y como el baile, tuvieron mejor posteridad que suerte en el empeño.








    Nuestros años veinte, como tantas veces, querían sincronizarse con el paso de Occidente, pero no fueron tan alegres y locos como en el alrededor. Por estos pagos, las preocupaciones tenían más que ver con la crónica del subdesarrollo y con los intentos de permanecer conectados con las vanguardias formales. Es la España en la que ejercen su condición maestral Machado y Unamuno, pero también la que ampara a la llamada Generación del 27, con Federico García Lorca a la cabeza, y su coetáneo femenino, Las Sinsombrero, de las que María Zambrano era mascarón de proa; grupos de suerte biográfica tan funesta como la que el destino reservaba al propio país.

    En el Lorca poeta como en el dramaturgo acierta a explicarse la naturaleza dual de un país vivaz, festivo y jacarandoso, y al tiempo famélico e iletrado, sometido por la observancia de atavismos religiosos inveterados y por una maldición de caciques y caudillos. Un pura sangre sujeto por una embocadura corta. Esa lucidez le costaría la vida a Lorca cuando cambiaron las tornas, cuando la copla dejó de cantar al albedrío sexual portuario o de arrabal, y pasó a rimar amoríos convencionales.

    La impregnación de la fábula moral judeocristiana hace que en aquel esplendor de la carne se busque la causa de la desgracia ulterior. Como si la historia sacrificara su condición contingente para dar gusto al dios terrible del Antiguo Testamento. O un mesías echando a los mercaderes del templo. Así, al igual que de la hecatombe financiera de 2008 se culpó al bienestar material de nuestras vidas previas y no a una fanática doctrina financiera de casino, a la felicidad herética de los años 20 se acusa de las penurias que la sucedieron, incluso de los monstruos que habrían de venir. Pero conviene apuntar, por lo que venga, que fueron un armador ávido y un capitán escaso de actitud los que condujeron al fondo del océano el Titanic. Que la música, el amor, el champán y la belleza no hunden navíos.

    @devonshire

    Gracias por el extenso e interesante artículo y por el video

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    de nada, @Amadel, iba a poner el enlace, pero como últimamente La Vanguardia tiene la mayoría de artículos cerrados, de manera que si no estás dado de alta para leerlos no puedes entrar, he preferido copiarlo.

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    de nada, @Amadel, iba a poner el enlace, pero como últimamente La Vanguardia tiene la mayoría de artículos cerrados, de manera que si no estás dado de alta para leerlos no puedes entrar, he preferido copiarlo.
    @devonshire

    Hiciste muy bien y te lo agradezco..

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    No entiendo esta tontería de tener que estar dado de alta para leer según qué artículos, porque tampoco son todos, y no lo entiendo porque no pagas nada
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    Ah, @Amadel, ya vi White House Farm, a mí me gustó, a ti qué te pareció? porque creo que la has visto, no?

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    Ah, @Amadel, ya vi White House Farm, a mí me gustó, a ti qué te pareció? porque creo que la has visto, no?
    @devonshire

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    SPOILER:
    Sí la vi y me gustó bastante, está bien realizada y muy bien elegido el protagonista (Freddie Fox, es naturalmente un "bicho raro" y esa condición la han aprovechado al máximo), yo le desconfié de entrada...pero esa confesión repentina de la novia te deja pensando...

  44. #23183
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    @devonshire

    Realmente es una estupidez, aqui es distinto , no podés leer si no pagás, a lo sumo "La Nación" te deja abrir dos o tres artículos por dia y nada más.Pero tiene una sección solo de texto, donde no está todo lo que publica el diario, pero es algo, las críticas de cine las tono de ese lugar.

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    Sí la vi y me gustó bastante, está bien realizada y muy bien elegido el protagonista (Freddie Fox, es naturalmente un "bicho raro" y esa condición la han aprovechado al máximo), yo le desconfié de entrada...pero esa confesión repentina de la novia te deja pensando...
    A mí me pasó lo mismo.

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