Viernes 31 de octubre de 2014

Cuento-"Cara de Leandro" de Luis Fernando Iglesias

—¿Estás bien?
—Sí, estoy bien.
—Me hubiera gustado enterarme de otra forma.
—Iba a pasar, siempre te lo dije. Mejor así. ¿Qué te pareció?
—¿Estás contenta?
—Te pregunté qué te pareció.
—Y yo, si estabas contenta.
—Una vez hice una lista de cosas que un hombre debería tener para que yo decidiera estar con él. Las escribí en una libreta. Iba creciendo… los años te complican todo… hasta que finalmente elaboré una planilla excel.
—¿Una planilla?
—Conocía a alguien, empezaba la relación y yo iba buscando en la computadora sus virtudes. Si conseguía pasar ese examen pasaba a una segunda planilla.
—¿Dos planillas?
—En esa anoté los defectos que les conocí a los hombres en todos estos años. Las cosas que no soporto.
—¿Una planilla de virtudes y otra de defectos?
—Si conseguía pasar la primera planilla, y tenía que tener por lo menos el cincuenta por ciento de las virtudes requeridas, estaba en carrera y pasaba a la segunda. Cuando lo iba conociendo y le empezaba a descubrir las cosas que no me gustaban, anotaba cruces en los casilleros.
—¿En que casilleros?
—Cada casillero correspondía a un defecto de esos que a gatas puedo soportar dos o tres.
—¿Entonces?
—Cuando el tipo completaba cinco cruces en la segunda planilla lo descartaba automáticamente. Inventaba cualquier excusa y daba por terminada la relación.
—Eso es tonto.
—Pero eficaz, no quiero equivocarme más.
—¿Cuáles eran esos defectos?
—En algunos casos son obvios: poca cultura, dejadez...
—Parece la canción «Arroz con leche»
—Esa correspondería a la planilla de virtudes no a la de defectos. Esta última podría ser una anticanción: «Arroz con leche, no me quiero casar con un tipo que no se lave los dientes al menos cuatro veces al día, que no le guste la música, que no lea, que salga con sus amigos los viernes, que vuelva borracho, que le guste la pornografía, que cuente chistes, que olvide fechas importantes, que con el tiempo se vuelva un mono hediondo».
—Vos necesitás una mujer, no un hombre.
—Cuanto te ponés imbécil no hay quién te gane.
—Deduzco que él no huele mal.
—Es el tipo más limpio que conocí.
—Todo un valor a tener en cuenta.
—Más de lo que pensás.
—Y, ¿qué más?
—Es un gran lector y toca la guitarra como los dioses.
—¿Salen mucho?
—Usualmente vamos al cine o a cenar.
—¿Con parejas amigas?
—De vez en cuando.
—Tiene un muy buen pasar, supongo.
—Gana bien. Es divorciado, antes que lo preguntes.
—¿Tiene hijos?
—¿Estás haciendo una encuesta? Me aburrís.
—La cama ¿cómo se computa?
—¿Dónde?
—En la planilla.
—Guarango.
—En serio ¿la tenés dividida solo por virtudes y defectos?
—Solamente.
—Tendrías que haber confeccionado anexos colgados a las planillas principales. Por ejemplo una con «estado civil». Sé que los casados no te van, que los solteros a perpetuidad te generan sospechas y que los divorciados y/o viudos arrastran historias.
—¿Y?
—Podrías puntuarlos. Por ejemplo: casados, 0; separados, 1; divorciados, 2; viudos, 3; solteros, a investigar. Subcategorías: divorciados con hijos, se le resta medio punto; viudos que no pueden olvidar a la difunta, menos dos puntos; separados que extrañan su casa, descartados.
—¿Terminaste?
—Es imperdonable que no hayas elaborado una que se titule «cama». Ahí los puntos podrían otorgarse si es un caballero en esas instancias, si te trata como una dama, si cambia cuando se excita y te pierde el respeto, si prefiere estar arriba, detrás o abajo, si tiene gusto a hombre, si cuando coge...
—Esa palabra no me gusta, lo sabés.
—Creo habértela escuchado.
—Imposible, nunca pude decirla. Debe ser una tara de la infancia.
—¿En la planilla pusiste que no diga malas palabras cuando coja?
—Hacer el amor, si fueras tan amable.
—Bueno, sea.
—No existe ese anexo, no existen anexos en las planillas. Te lo dije.
—Estás eludiendo el tema
—¿Qué tema?
—¿Cómo es en la cama?
—No te importa.
—Me cuesta imaginarlo en bolas.
—¿A cuantos tipos te imaginás así?
—En eso tenés razón.
—Además la que lo ve desnudo soy yo
—¿Y?
—Está bien. Buen cuerpo, va todos los días al gimnasio, se cuida.
—Tiene cara de llamarse Leandro.
—¿Qué?
—Eso, el tipo tiene una cara de llamarse Leandro que no puede más. ¿No te diste cuenta? Me llamó la atención.
—Se llama Osvaldo.
—No importa tiene cara de Leandro, ¿no será su segundo nombre?
—Se llama Osvaldo y no tiene segundo nombre.
—Es complicado cuando una cara se distancia del nombre. Todo coincidiría si se llamara Leandro.
—¿Y eso que quiere decir?
—No me lo imagino tomando un whisky en un bar atorrante. Lo veo en un restaurante con mucha madera, algún fuego encendido y cercano, con la copa Riedel en la mano saboreando un pinot noir, lleva buen perfume pero algo cargado. Antes de beber el vino propone un brindis. Roza apenas tu copa y dice, muy bajito: «Por vos».
—Al final de cuentas no sé que estoy haciendo aquí.
—¿Es celoso?
—Es un hombre seguro de sí mismo.
—Que te respeta en la cama
—Sí, me respeta.
—¿Tiene gustos fuertes?
—¿Qué?
—Su cuerpo, digo, ¿transpira cuando lo hacen?
—Te estás transformando en un mono, me voy.
—Insisto en que, por lo menos, tendrías que hacer un anexo a la planilla: «Leandro horizontal» podría llamarse.
—Los hombres nunca van a entender. Adiós.
—¿Cuándo nos volvemos a ver?
—No sé, la semana que viene tal vez. Hago un huequito y te llamo.
—Una cosa más.
—Por favor, que no sea una imbecilidad.
—En la planilla de defectos ¿cuántas cruces tiene Leandro?
—Cuatro.

http://www.elpais.com.uy/cultural/le...paign=Cultural