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Tema: Naufragios

  1. #31
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    Y sólo de su vida
    quedó el dibujo
    hecho
    por el amor
    en el diente terrible
    y el mar, el mar
    latiendo,
    igual que ayer, abriendo
    su abanico de hierro,
    desatando y atando
    la rosa sumergida
    de su espuma,
    el desafío
    de su vaivén eterno


    Fragmento de Dientes de cachalote.
    Pablo Neruda
    Última edición por dani55; 09-01-2020 a las 08:50:55

  2. #32
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    Sé que los mares grises sueñan con mi muerte,
    Sobre las sombrías planicies donde la espuma medita,
    Entre los vientos lóbregos que braman sin descanso
    Y nada viven en el aire olvidado.

    ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

    ¡Ah! Hombres de las tierras melancólicas
    Alzad vuestros corazones y manos
    Y clamad que no sois yo;

    Niños de todos los mares,
    Que flotáis sobre la espuma de las fuentes,
    Y la gloria
    Y la magia de este mundo acuático
    Al que me arrojaron en mi infancia.
    Llorad, pues muero satisfecho;
    Y las olas braman y se agitan,
    Y los mares grises cantan,
    Y las blancas colinas se sumergen,
    Y no estoy muriendo en todo mi esplendor,
    Muriendo, muriendo, muriendo


    Fragmento de Los mares grises sueñan con mi muerte,
    William Hope Hodgson.

  3. #33
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    El rugir del viento jamás alcanzó al barco,
    Y, sin embargo, el barco se movió.
    Bajo la luna y el relámpago,
    Los muertos se quejaron.


    Gimieron, se agitaron, irguiéronse a una,
    Sin pronunciar palabra, sin mover los párpados.
    Hasta en sueños hubiera sido extraño
    Contemplar aquellos muertos levantarse.


    El timonel gobernaba y el barco se movía
    A pesar de la ausencia de brisa.
    Los hombres en sus puestos
    Tensaron cabos y cuerdas,
    Y alzaban sus miembros, herramientas sin vida.
    Éramos una tripulación de espectros.


    Fragmento de La Oda del Viejo Marinero.
    Samuel Taylor Coleridge (1772-1834

  4. #34
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    ITALIA (Costa Concordia) El Naufragio


  5. #35
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    Hay una esposa que mora en las Puertas del Norte
    Y es una mujer muy rica;
    Cría una raza de hombres errantes
    Y los arroja al mar.

    Y algunos se ahogan en aguas profundas,
    Y otros a la vista de la costa,
    Y cuando la triste mujer es advertida
    Envía más mar adentro.

    - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - -

    Y algunos vuelven al caer la luz
    Y otros en el sueño poco profundo
    Pues ella escucha los pasos de los fantasmas chorreantes
    Que pasean por entre las vigas desnudas del techo.

    Regresan al hogar desde todos los puertos.
    Tanto los vivos como los muertos;
    Los hijos de la buena mujer vuelven al hogar
    Para ser bendecidos por ella.

    Fragmento de La esposa del mar
    Rudyard Kipling

  6. #36
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    LINEA 900 - Costa da Morte (1992)


  7. #37
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    En Laxe, A Coruña, todos los años desde 1962 el 17 de agosto hacen un simulacro de naufragio en homenaje a la Virgen del Carmen.

    Información:

    http://www.mardelaxe.org/ca/web/inde...&mod=inf&idc=4

  8. #38
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    Sálvese quién pueda

    publicado por Santiago Echevarría


    El cabo Blanco que supuestamente avistaron en la Medusa horas antes del naufragio

    La Medusa

    Se discutía por la mañana en la fragata francesa si aquella masa blanca que habían avistado sobre el horizonte sería el cabo Blanco, o solamente una capa de vapor, una nube.

    Pasado el mediodía se discutía ya si no estarían navegando sobre el banco de Arguin, tan brava era la incompetencia del capitán. El plomo del escandallo alertó entonces diez metros de profundidad y De Chaumareys ordenó todo a estribor como quien se revuelve en vano ante la muerte triunfante.

    Fue exactamente aquí, en estos bajíos que emergen al resguardo del cabo, a las tres y cuarto de la tarde del martes 2 de julio de 1816: el naufragio más importante en la historia de la cultura occidental.

    El que fue el más importante, al menos, hasta que Rose y Jack empañaron el Renault Coupé de Ville en la bodega del Titanic.

    Aquí encalló la Medusa.

    Aquí se arruinó este soberbio navío que debía comandar una expedición —corbeta Eco, urca Loira y bergantín Argus— desde la isla de Aix hasta la ciudad de Saint Louis, en la desembocadura del río Senegal, para retomar la posesión de esta colonia, recuperada por Francia de la mano de los ingleses en la restauración del Congreso de Viena de 1815.

    Pero aquella tarde de verano sahariano la Medusa quedó varada en la pleamar frente a las dunas de Mauritania.

    La balsa

    Aún permanecieron sus tripulantes tres días a bordo antes de comprender, así atrapados, que el casco se iría resquebrajando cada vez más y que la fragata estaba definitivamente perdida.

    Sálvese quien pueda.

    Casi la mitad de las doscientas cuarenta almas a bordo de la Medusa embarcaron en los seis botes de los que disponía el buque. Entre ellos, el gobernador Schmaltz y el capitán De Chaumareys

    El resto, ciento cincuenta desgraciados, se apretujaron en una balsa improvisada que debía permanecer amarrada a esa flotilla de media docena de botes de náufragos.

    Las seis lanchas habían prometido remolcar la balsa de la Medusa a tierra firme —si es que las arenas del desierto merecen tal consideración—, y desde la orilla formarían todos juntos una caravana para caminar el desierto rumbo sur desde el banco de Arguin hasta Saint Louis, a través de más de quinientos kilómetros.

    Ese era el trato.

    Pero poco después de evacuar el buque los botes concluyeron que la balsa los lastraba demasiado y largaron las amarras.

    A menos de treinta kilómetros de la costa, con las dunas prácticamente a la vista, soltaron esa almadía de maderos mal atados, de veinte metros de largo por siete de ancho, que apenas mantenía a flote con el agua por las rodillas a centenar y medio de condenados a la agonía más atroz.

    Los abandonaron a la deriva.

    Más de una docena de aquellos infelices de la balsa fallecieron en la primera noche al pairo del Atlántico. Cuando el sol se puso por segunda vez estalló una refriega de cuchilladas y sablazos, y al amanecer del tercer día se contaban ya menos de ochenta vidas a bordo de la maderada. Sin comida. Ni agua. Devoraron los cadáveres secados al sol. Retomaron las bayonetas. Al quinto día, quedaban solo treinta tripulantes. En el día séptimo, sentenciaron a los más enfermos arrojándolos al mar. De los ciento cincuenta náufragos de la balsa de la Medusa solamente quince sobrevivieron a esa primera semana.

    El bergantín Argus halló por sorpresa a estos quince muertos vivientes trece días después de haber sido abandonados en alta mar a una expresión animal de la lucha por la supervivencia.


    La Medusa debía comandar una flotilla hasta Saint Louis, capital colonial del Senegal

    Los botes

    Los tripulantes de los seis botes que abandonaron a tal suerte a la balsa tampoco garantizaron su propia vida.

    Solamente dos de aquellas lanchas pudieron alcanzar sanos y salvos esta isla de Saint Louis, después de tres días y tres noches de meritoria navegación de emergencia desde el banco de Arguin.

    En uno de esos botes había embarcado el gobernador Schmaltz. En el otro, el capitán De Chaumareys.

    El resto de la flotilla se mantuvo igualmente a flote por tres días y tres noches, pero terminó encallando a más de ciento cincuenta kilómetros al norte de Saint Louis. Vagaron cinco jornadas por todos los infiernos del Sáhara, siguiendo la costa hacia el sur, antes de arrastrarse abrasados por las puertas de la capital de la colonia senegalesa a las siete de la tarde del sábado 13 de julio.

    Mucho más lastimosa fue la caminata de sesenta y tres náufragos de esos mismos botes: en vez de mantenerse a bordo de las lanchas hasta encallar, este grupo se había apresurado a lanzarse a tierra solo un día después de haber abandonado la Medusa, aún más al norte de la duna de las Mottes d’Angel. Su procesión se alargó durante diecisiete días y diecisiete noches. Aparecieron cincuenta y cuatro espectros en Saint Louis el martes 23 de julio a mediodía.

    Por el camino habían enterrado a seis compañeros, y extraviado a otros tres.

    Y aún hubo —aunque duela solo imaginarlo— quien padeció un calvario tres veces más prolongado que estos últimos náufragos vagabundos: aquella tarde nefasta en el banco de Arguin hubo diecisiete personas que se negaron a embarcar en la balsa y que se empeñaron en refugiarse en la fragata varada. Una goleta francesa que había partido de Saint Louis halló la Medusa tal como la habían abandonado al cabo de cincuenta y dos días.

    Solamente tres de aquellos diecisiete desventurados habían sobrevivido allí, casi dos meses, en los mismos restos del naufragio.

    Rescataron esos huesos moribundos. La tripulación de la goleta tomó inmediatamente después la Medusa como botín legítimo y la desvalijó hasta vender la bandera de Francia a precio de trapo.


    Los supervivientes se hacinaron en el campamento de la playa de la Anse Bernard, en Dakar

    Los náufragos

    El gobernador inglés se negó a entregar la colonia del Senegal a los franceses tras el vergonzoso desastre de la Medusa, y retrasó cuanto pudo el traspaso del territorio.

    Expulsaron a los náufragos de Saint Louis.

    Se fletó el bergantín Argus y un tres mástiles para transportarlos hasta el Cabo Verde, aún más al sur, entre los ríos Gambia y Senegal. Zarparon tres días después de haberse reagrupado en Saint Louis los esqueletos torturados de la balsa y de los botes. Los desembarcaron junto a un pueblo que llamaban Daccard.

    Aquí, en Dakar, en la playa de la Anse Bernard, que mira de frente a la isla de Gorée, se levantó un campamento en el que hubieron de hacinarse entre los espasmos, las disenterías, y las fiebres pútridas de la estación de lluvias. Subsistieron en esa caleta a base de quina estropeada y farmacopea de marabú —ron caliente con té de pimienta— hasta finales de noviembre, cuando se les autorizó la vuelta a Saint Louis.

    Así se trató a los náufragos.

    Confrontaron la deshumanización más cruel, sepultaron a los suyos en el mar o en la arena, se asfixiaron días y noches por el océano y el desierto, y se les negó cualquier acto de compasión o misericordia cuando alcanzaron de milagro su destino.

    Ni una mínima intención de desagravio, ni rastro de dignidad.

    Los barrieron bajo la alfombra.

    Eran incómodos para el gobernador y el capitán porque los náufragos de la Medusa encarnaban inequívocamente la alegoría de los súbditos abandonados por la corona a sufrimiento salvaje. La de los soldaditos de plomo conducidos a un trance repugnante por la nulidad de sus dirigentes.

    El ingeniero Alexandre Corréard fue el superviviente más debilitado de la balsa de la Medusa y pudo quedarse en Saint Louis y evitar el campamento de Dakar. Ya en septiembre aprovechó una mejoría en las fiebres y salió de caza en Gandiolle, al sur de la capital colonial, donde encontraron campos de maíz y de mijo, un joven león, un lagarto del tamaño de un hombre, hierbas de más de dos metros de altura, y nubes de garcetas revoloteando alrededor de un baobab cuyo tronco trazaba en la tierra una circunferencia de veintipico metros.

    Corréard zarpó de vuelta a casa en la urca Loira y atracó en la ciudad francesa de Brest antes del mes de octubre.


    Corréard salió de cacería Gandiol, al sur de Saint Louis, antes de volver a Franci

    Los naufragios

    El cirujano Henri Savigny también sobrevivió a la balsa de la Medusa y pudo embarcar en la corbeta Eco antes que Corréard. Llegó a Brest a primeros de septiembre. El día 12 entregó personalmente en el Ministerio de la Marina la memoria que había redactado del naufragio.

    Su relato se filtró al momento a la prensa y apareció publicado el mismo 13 de septiembre en el Journal des Debats.

    Se encendió un escándalo de alcance mundial.

    Corréard y Savigny firmaron a continuación una versión conjunta: Naufrage de la Frégat La Méduse (El naufragio de la Medusa. Ediciones del Viento, 2014), testimonio en el que se fundamentan estas líneas.

    Denunciaron los coautores que se había enchufado a De Chaumereys al mando del buque pese a su evidente impericia.

    Y que horas antes del naufragio se habían ignorado señales clamorosas del riesgo que acometía la fragata aproximándose al banco de Arguin, como las advertencias luminosas de corbeta Eco, los avisos de los oficiales de guardia Maudet y Lapérè, los cambios de color característicos en el agua, o la arena y las hierbas apreciables en la superficie del océano.

    Y que así, que de la manera más sonrojante, se había hundido uno de los navíos franceses más solventes en la época, la fragata que debía solemnizar la recuperación de los derechos sobre el Senegal.

    La historia terminaría perpetuando a Corréard y Savigny en Le radeau de la Méduse. Théodore Géricault les concedió el protagonismo del lienzo que trabajó con obsesión durante meses y que expuso tres años después del naufragio en el Salón de 1819.

    Aquel verano no se habló de otra cosa en París.

    Y, por lo tanto, en el mundo.

    La balsa de la Medusa fue censurada y jaleada con idéntica rabia, pero todos sin distinción habían advertido la furia de la pintura contra una élite desmerecida que dilapidaba los tesoros del país y que sin dolor de conciencia podía pastorear a sus paisanos hasta un final abominable.

    Los entusiastas que encumbraron o que aborrecieron a Géricault se habían estremecido por igual ante aquella obra maestra de la historia del arte, éxtasis terrible del romanticismo, de belleza perturbadora, casi inexplicable.

    Para siempre queda en el Louvre esta escena de Corréard y Savigny avistando los rescatadores en la lejanía desde la balsa de la Medusa.

    Uno no cuenta en la vida con rebatos tan poderosos de los naufragios que lo acechan.

    Del desamparo que aguarda a la zozobra en la arena.

    De las balsas de las medusas alrededor.

    Sálvese quien pueda.


    La balsa de la Medusa, de Théodore_Géricault, 1818-19. Museo del Louvre

    https://www.jotdown.es/2018/08/salvese-quien-pueda/

  9. #39
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    Los misterios del "Reina Regente"


  10. #40
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    La leyenda del Holandés Errante: el capitán que condenó a su barco a navegar por la eternidad a través de los mares del mundo

    Martes, 12 de diciembre de 2017 17:11

    |Rodrigo Ayala Cárdenas



    Una de las leyendas más famosas de los piratas europeos cobra vida para que conozcas su eterna maldición.

    Decían que el diablo le había dado al capitán pirata holandés Hendrick van der Decken la facultad de hacer que su barco fuera la nave más veloz de todos los mares, después de que el hombre le vendiera su alma una noche de luna llena. Ningún barco podía viajar más rápido que el navío del temerario capitán: rompía las olas y quebraba los vientos más furiosos para tocar puerto en cuestión de horas o pocos días.

    Los marineros que viajaban con Van der Decken le respetaban y temían al mismo tiempo, pero les agradaba navegar con él porque era justo en la repartición de ganancias y tesoros. Además, le gustaba llevarlos a los prostíbulos del Caribe y otros exóticos lugares donde había mujeres de piel morena y cabellos rizados a las que les gustaban los piratas.



    La última conquista del holandés y sus marinos habían sido las lejanas Indias Orientales, a las que acudieron para adquirir especias, sedas y tintes que revenderían a precios más altos en su natal Holanda. Después de dos días en las que el mar había estado iracundo e impidiendo el avance comúnmente rápido de Van der Decken y sus hombres, que se dirigían de regreso a Europa, el capitán ordenó que su barco tomara rumbo hacia el Cabo de Buena Esperanza, en Sudáfrica, para tomar un descanso ante las turbulentas aguas que les frenaban extrañamente el paso.


    Sin embargo, al llegar a esta parte de África, los marineros se percataron que el mar estaba mucho más furioso. Las olas azotaban el barco y amenazaban con volcarlo, las velas se estaban rasgando ante la acción del viento y los mástiles se quebraban con la pegada del mar y los vendavales. Van der Decken y sus hombres, verdaderos lobos de mar, fuertes, tatuados, tuertos, con la piel quemada por el sol y con algunos miembros amputados, que llevaban cerca de 30 años o más haciendo un viaje tras otro en altamar, jamás se habían enfrentado a una tormenta tan furiosa.



    Algunos decían que era el castigo de Poseidón, otros que eran los demonios pálidos de los mares que estaban causando ese fenómeno para reclamar los tesoros y las vidas de cada uno de ellos. Otros afirmaban con terror en la mirada que el diablo los había ido a buscar para reclamar sus almas, tal y como lo había hecho con la de su capitán, quien en aquellos momentos se mantenía recluido en su camarote fumando o bebiendo. Aquellos hombres, a la vez que temibles, eran también supersticiosos de las viejas leyendas piratas que habían escuchado desde su niñez. En cubierta, reinaba un miedo cada vez más creciente.

    Mientras tanto, en su camarote, Van der Decken meditaba acerca de la razón por la que el mar le estaba jugando en contra en aquellos momentos. ¿Es que no había cedido al Maligno lo más preciado que todo hombre tiene a cambio de que su poder jamás fuera quebrado por ningún enemigo ni elemento de la naturaleza? El capitán se levantó de su mesa, misma que se tambaleaba a cada embate de las olas, y cogió un crucifijo de plata que colgaba encima de su cama. Había sido un regalo de su esposa antes de que zarpara de Holanda rumbo a su ultima misión.



    De pronto, el hombre apretó con fuerza el objeto hasta hacerse daño en las manos y comenzó a hablar con ira en su gesto y en su voz: «¿Es que acaso me estás castigando por haberle dado mi alma a tu rival? ¿Ésta es tu manera de retarme, castigarme y humillarme para demostrarme que eres superior a mí y que debo someterme a tu voluntad cuando lo único que quiero es regresar a casa? ¡Déjame seguir mi camino, déjanos en paz a mis hombres y a mí que tengo el derecho de hacer tratos con quien mi espíritu lo desee!».

    Van der Decken corrió hacia la puerta del camarote, la abrió y subió corriendo las escaleras que llevaban hasta la cubierta. El estruendo de los rayos cayendo en el mar, la tempestad cada vez arreciendo más, las olas inundando su embarcación que apenas se mantenía a flote y sus hombres pereciendo arrastrados por el agua, llenaron su campo visual. Corrió hacia la zona del timón y, apuntando hacia el cielo con el crucifijo de plata, exclamó: «¡Tú no podrás detenerme, soy el amo de los mares e incluso el mismo diablo me tiene miedo! ¡Maldito sean los dos! ¡Par de cobardes! ¡Ambos se inclinan a mis pies cuando mi embarcación pasa por los océanos del mundo! ¡Ninguna tempestad, dios o demonio podrán frenarme!»



    Acto seguido, lanzó la cruz al mar, mientras de su garganta salía una carcajada de burla hacia aquel dios que no iba a frenar su camino hacia Holanda y la conquista de la tormenta. Cuando dirigió su vista hacia la parte inferior de la embarcación se dio cuenta que varias decenas de aquellos piratas que llevaba consigo en cada misión lo miraban con miedo casi reverencial.

    Van der Decken también fue consciente de que las aguas se habían calmado y que los vientos disminuían su intensidad. Arriba, un brillante sol comenzaba a despuntar después de haber permanecido oculto durante varios días. En altamar se respiraba una sensación de absoluta calma. Una algarabía inundó la embarcación y Van der Decken sonrió al saberse vencedor en la batalla contra un dios que no era tan poderoso como muchos le habían dicho. El holandés y su tripulación continuaron con su viaje hacia Holanda sin mayores sobresaltos.

    La maldición:



    Una madrugada, cuando la embarcación holandesa navegaba en completa calma y a buena velocidad hacia su país de origen (tocarían puerto al amanecer), Van der Decken, escuchó una voz en sueños: «Como resultado de tu soberbia, estás condenado a navegar los océanos por la eternidad con una tripulación fantasmagórica de hombres muertos que traerán la desgracia a todos los que vean su nave espectral, la cual nunca llegará a puerto ni conocerá el descanso. Además, para ti y tus hombres, no habrá bebida no comida».



    El capitán abrió los ojos cuando su segundo de a bordo lo fue a despertar para notificarle que, tal como lo tenían previsto, el puerto de su amada Holanda se hallaba a la vista. Ambos salieron para ser testigos de la dichosa noticia, pero conforme más se acercaban, el puerto más parecía alejarse. El barco viajaba a excelente velocidad y el cielo estaba despejado por competo. Van der Decken veía el puerto frente a su ojos de manera clara, pero éste se alejaba de manera caprichosa. «Nunca llegará a puerto ni conocerá el descanso», las palabras resonaban en la mente del holandés que había desafiado a Dios y comenzó a sentir una angustia creciente.

    Las horas pasaban, y la embarcación no lograba llegar a su objetivo. Cuando cayeron el atardecer y después la noche completa, los hombres gritaban de miedo, indignación y consternación. Algunos se habían arrojado al agua como un acto desesperado por llegar al puerto, pero perecieron ahogados o fueron rescatados en botes. Van der Decken sabía a la perfección que la condena en sus contra se estaba cumpliendo.



    Los años pasaron y se convirtieron en décadas, éstas en centurias y después en siglos. Los marineros de Van der Decken murieron poco a poco, al igual que su capitán, quien fue bautizado por los piratas que se cruzaban con su barco como “El Holandés Errante”, el hombre que nunca puede tocar puerto y que vaga por los mares del mundo de manera triste y melancólica con una tripulación que ya es puro despojo y muerte. Todos tienen sed, hambre, necesidad de tocar el cuerpo de una mujer y de sentir un suelo firme bajo sus pies. Cuando un barco se topa con esta nave condenada sólo la observa durante algunos minutos antes de que vire su curso y se pierda en la bruma del océano.

    Es ésta la historia del “Holandés Errante”, una de las leyendas más famosas en torno a los piratas europeos que aterrorizaron los mares del mundo con su oscura presencia. Estos hombres de mar que asaltaban, invadían y robaban en pequeñas poblaciones y puertos de los cinco continentes también aterrorizaron los mares de México y Latinoamérica. Su presencia sigue inundando el imaginario colectivo y tanto la historia, como el cine o la literatura les han dedicado mucha atención debido a su singular carácter.
    https://culturacolectiva.com/histori...andes-errante/

  11. #41
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    «Naufragios» de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, un españolazo de los de antes

    MANUEL DE LA FUENTE MANOLHITO / MADRID
    Día 27/04/2012 - 17.50h

    Edhasa reedita esta preciosa crónica, con magnífica versión del académico José María Merino



    El jerezano Alvar Núñez Cabeza de Vaca fue un hombre inverosímil, entre los muchos españoles inverosímiles que cruzaron el Charco en los primeros días de la Conquista de América. Era un hijosdalgo de una familia ennoblecida por los servicios prestados, aunque para su inmenso dolor, que le acompañaría toda la vida a ambas orillas de la Mar Océana, era huérfano de padre y madre.

    Tipo valiente y decidido, pero bien educado para lo habitual en el que sería un guerrero español del siglo XVI, fiel servidor durante años en la Casa de Medina Sidonia, y curtido siendo adolescente en las guerras de Italia, el 17 de junio de 1527, aún un veinteañero, partió rumbo al Nuevo Mundo enrolado en la que sería la desastrosa expedición comandada por Pánfilo de Nárvaez.

    Un africano en América
    Derrotadas y masacradas nuestras huestes tanto por los indios como por los desaires de la Naturaleza, Alvar, en compañía de varios camaradas (entre ellos Estebanico, el primer africano llegado al Nuevo Continente) pusieron pies en polvorosa, sin siquiera imaginar que su aventura duraría diez años. Desde las costas de Florida hasta las del Golfo de California recorrieron todo lo que hoy es el sur y suroeste de los Estados Unidos.

    Soportaron calamidades sin cuento, se alimentaron de hierbajos, de pajarracos, cuando no tenían que salir por piernas perseguidos por los nativos. Sin embargo, en no pocas ocasiones estos les tuvieron en alta estima y los consideraron curanderos y chamanes. La leyenda incluso apunta a alguna resurrección milagrosa. Se cuenta que se valían de latinajos, avemarías y padrenuestros para que los naturales del lugar quedasen absolutamente hechizados y los tomaran por gente con poderes sobrenaturales



    PEDRO DE MEDINA. BNE
    Portada de «Naufragios», de Alvar Núñez Cabeza de Vaca
    No contento con ello, cuando concluyó la odisea (dieron con unos compatriotas en el norte de México) el españolazo Cabeza de Vacadecidió contar por escrito su aventura, no tanto por mor de la gloria literaria ni económica, como para satisfacción de Su Majestad Católica, que pudiera tener así información etnográfica detallada y al milímetro de aquellas feraces tierras, de su fauna, de su flora y de su personal.

    El libro se llamó «Naufragios» y fue un relativo éxito de ventas de la época. En él, con todo lujo de detalles que hoy llamaríamos naturalistas y numerosas secuencias que serían ahora tomadas por realismo mágico de puro insólitas, trazó las líneas maestras de lo que podía ser una novela de aventuras antes incluso de que estas existieran.

    Preciosa versión
    Libro poco difundido en los tiempos modernos, a pesar de ser uno de los más bellos de nuestras letras, esta estupenda edición de Castalia con excelente versión a cargo del académico José María Merino lo recupera. Como escribe Merino en el prólogo, «si este libro no perteneciese a la historia de los españoles, cuya actuación en América ha tenido desde el principio tantos detractores implacables; si hubiese algo similar en la tradición de franceses o anglosajones, pueblos que también urdieron imperios, sin duda este libro sería un clásico mundial en la crónica verdadera de las grandes aventuras humanas».

    Descubridor de Iguazú
    Años más tarde volvería a América y descubriría las cataratas de Iguazú: «... y la espuma del agua, como cae con tanta fuerza, sube en alto dos lanzas y más». Fue Gobernador del Río de la Plata, pero su amor por los indios no era compartido por la mayoría de sus súbditos y acabó desterrado en Orán tras una conjura y falsísimas acusaciones a cuyo desmentido dedicó la parte final de su vida. Algunas leyendas sugieren que tomó los hábitos.

    Que las palabras de Don Alvar Núñez Cabeza de Vaca en el Proemio del libro, resuenen en nuestros oídos y en nuestros corazones quinientos años después, a la mayor gloria de España: «Sacra, Cesárea, Católica Majestad: Entre todos los príncipes que ha habido en el mundo, creo que no se podría hallar ninguno a quien hayan procurado los hombres servir con tan verdadera voluntad, con diligencia y deseo tan grandes, como vemos que sirven hoy a Vuestra Majestad...».

    Solo queda disfrutar de esta joya de la literatura española y mundial.
    https://www.abc.es/20120427/cultura-...204271039.html

  12. #42
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    LOS TRAFICANTES DE NAUFRAGIOS – Robert Louis Stevenson y Lloyd Osbourne
    Publicado por Ariodante



    Escrita en colaboración con su hijastro Lloyd Osbourne, esta novela cuenta las aventuras de unos personajes que recorren casi medio mundo tratando de resolver una intriga detectivesca, en torno a un naufragio y a una misteriosa tripulación. Chesterton calificó esta obra de policíaca, “y de la mejor clase de novela policíaca, aquella en que no se llama nunca a la policía”. Hay muchos elementos autobiográficos en esta narración, y los seguidores de la vida y obra del genial escocés podrán darse cuenta de ello. Stevenson se inspiró para muchos detalles y algunos personajes en la goleta Equator y sus tripulantes, goleta que en 1889 llevó como pasajeros a él y su esposa Fanny Vandegrift Osbourne en travesía por las islas Gilbert, de Micronesia. Algunos personajes también están inspirados en conocidos de Stevenson, de San Francisco y Australia.

    Lo que llama poderosamente la atención es la ausencia de los primeros ocho capítulos y el prólogo, que figuran en la edición original y que pueden leerse en el sitio oficial de R.L. Stevenson. Por asombroso que parezca, en esta edición (existe una en Forum, de 1985, que se anuncia como “íntegra”) se han suprimido cantidad de páginas sin dar las razones de tal supresión. Una editorial seria, como lo es Valdemar, deja al lector con un sabor amargo ante la ausencia imperdonable de, cuando menos, una explicación. No son esenciales para la acción, pero dan datos acerca del personaje principal que son importantes para comprender su carácter y los hechos que ocurren después. Además, el prólogo informa de cómo y quien cuenta la historia que luego llegará a manos del autor. Resumiré lo que se cuenta en esos ocho capítulos, que he tenido que traducir del inglés porque no existe o no he encontrado traducción española. Es una larga introducción a la acción, que Stevenson consideró necesaria para comprender el carácter del protagonista. Y es su novela.

    El resumen de los textos ausentes es este:

    En el prólogo, Loudon Dodd, llega a Tai-ohae, puerto de entrada a las Marquesas, donde se reúne con otro marino y antiguo amigo, Mr. Havens, al que, hablando de naufragios, cuenta su historia. Dodd es un americano cuyo deseo de ser artista incomoda a su padre, un hombre de negocios. Finalmente llegan a un acuerdo y es enviado a París. De camino, visita en Edimburgo a su tío Adam y a su abuelo Alexander, con quien simpatiza inmediatamente. En París, conoce y forja una fuerte amistad con Jim Pinkerton, que está metido en diversas empresas de negocios a la vez, y siempre buscando nuevos modos de hacer fortuna. Poco tiempo después, el padre de Dodd se arruina y muere. Pinkerton, vista la situación, propone a su amigo asociarse en los negocios. Dodd, sin embargo, aún confía en convertirse en artista, rechazando la oferta. Pinkerton vuelve, pues, a su país y el artista se queda, pobre y solo, en París.

    Más adelante, Pinkerton le envía algún dinero que Dodd acepta, pero pronto se siente culpable y resuelve asociarse con él, finalmente. El abuelo Alexander, que le considera su favorito, le da 2.000 libras para ponerse al día con Pinkerton. Con ello, Dodd recala en San Francisco, donde su amigo tiene muchos asuntos entre manos: fabrica y vende su propio brandy, lleva una agencia publicitaria, compra barcos hundidos o desahuciados, etc.

    Un día, Dodd escucha en un bar del puerto de San Francisco a un grupo de marinos –el Capitán Trent y los supervivientes del Nube Flotante– que relatan las terribles circunstancias que llevaron a la pérdida de su barco. A su vez, Pinkerton se entera de que los restos del Nube Volante van a ser subastados. Encallado en una de las islas Midway y cargado con arroz, seda y té, podría valer 10,000 dólares. Pinkerton y Dodd deciden comprarlo, pero en la subasta, el abogado H.D. Bellairs puja contra ellos en nombre de alguien ausente. Sube tanto la puja, que Pinkerton y Dodd están convencidos de que el barco contiene opio. Finalmente superan la oferta de Bellairs y compran por 50,000 dólares.

    Y con el relato de la subasta comienza la narración que se ha publicado en español.

    La subasta antes citada se convierte en una enloquecida competición entre Pinkerton y un abogado, Bellairs. Sale ganador el primero, pero a tal precio tal que debe endeudarse. El hecho de la disparatada puja les hace suponer a Pinkerton y Dodd que el barco aún contiene importantes cargas de opio (además de la carga declarada), con lo que esperan resarcirse al extraerlo, y organizan inmediatamente –para anticiparse al desconocido competidor- un viaje a las islas Midway en el Norah Creina, comandado por el capitán Nares y Dodd como sobrecargo. Antes de partir ocurren diversos incidentes que hacen sospechoso al magnate que se esconde tras el abogado Bellairs. Aquí se suceden una serie de movimientos propiamente detectivescos, sin claro resultado.

    El papel principal recae en la figura de Loudon Dodd, que protagoniza la primera parte de la narración. Pero el personaje en la sombra será a su vez el principal protagonista de la segunda parte. No revelaremos sus varios nombres; a lo largo del relato el lector irá descubriendo una complicada trama, el terrible drama que precedió al desastre del Nube Volante. Dodd es quien resuelve el enigma del misterioso personaje mediante el seguimiento de los pasos de Bellairs, que finalmente le llevará al verdadero protagonista. Éste le contará finalmente lo sucedido y la razón de ocultar bajo una capa de misterio a toda una tripulación. En el Epílogo, Stevenson cuenta a un amigo el final de la historia.

    Es esta una narración doble: porque son dos los que la escribieron y porque en ella, grosso modo, a partir de un mismo hecho se desarrollan dos narraciones, una con carácter detectivesco e intriga, con base en San Francisco, y otra, más aventurera y marinera, que recorre Australia y los Mares del Sur, Francia e Inglaterra. Si contásemos los capítulos eliminados, podríamos hablar de una narración triple, ya que la parte eliminada trata de la historia personal de Loudon Dodd, y solo al llegar a San Francisco es cuando se desata la acción detectivesca y la aventurera.

    En suma, tenemos una narración que combina intriga, aventuras marineras y terrestres, y toda una colección de personajes bien diseñados y atractivos al lector. Quizá la parte primera sea algo confusa por la ausencia de los capítulos suprimidos y por la cantidad de misterios y personajes que acumula. Pero una vez el protagonista, Dodd, retorna y se lanza a la busca y captura del misterioso personaje responsable de todo el enredo, el lector va a conocer y comprender lo que realmente ocurrió y las razones del ocultamiento.

    La traducción del título puede llevar a una falsa idea del contenido. Unas consideraciones al respecto: literalmente, “wrecker” se refiere a “aquel que destruye o hunde un barco”, en este caso, su propio barco. Por “traficantes de naufragios” se suele entender aquellos delincuentes que los provocaban, o que se beneficiaban de los naufragios en peligrosas costas donde se hundían o encallaban, llevándose los restos como botín. La novela La posada de Jamaica, de Daphne de Maurois, trata precisamente de ellos. En el caso de la presente novela, se verá que no es así. El hundimiento del Nube Volante se debió a otras consideraciones, que el lector descubrirá en su debido momento.

    Chesterton, en su estudio sobre Stevenson, afirma que

    el autor posee la facultad, enteramente excepcional, de expresar lo que quiere expresar en palabras que realmente lo expresan

    refiriéndose al presente libro, concreta ejemplos:

    La historia empieza: «El principio de este cuento es el carácter de mi pobre padre» y el carácter está comprimido en un sólo párrafo. Cuando Jim Pinkerton entra en la historia y es descrito como un joven «de maneras agitadas y cordiales» nosotros vamos, por todo el resto de la narración, con un hombre vivo; y oímos no solamente palabras, sino una voz. No hay otros dos adjetivos que pudiesen haber hecho el milagro. Cuando el desastrado y sospechoso abogado, con su cultura «cockney» y su refinamiento vulgar aparece manejando un asunto de mayor envergadura que los que le ocupan ordinariamente, se conduce con una especie de «encogida presunción».

    Si bien no es la mejor novela de Stevenson, es una obra entretenida, con interés y satisfactoria. ¡Incluso sin los ocho capítulos! Sin embargo, el hecho de dar comienzo por el capitulo IX, ignorando los ocho anteriores y el prólogo sin más explicaciones, no habla muy bien de la editorial. Desconocemos qué les motivó a ello. De un modo u otro, Stevenson es siempre una garantía: es un clásico, aunque haya pasado épocas en las que fuera considerado casi como un escritor de literatura juvenil…en el caso de que tal cosa existiese en su época.

    http://www.hislibris.com/los-trafica...loyd-osbourne/

  13. #43
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    Burla Negra: historia del último gran pirata del Atlántico

    publicado por Pablo L. Orosa



    Burla Negra, el barco de Benito Soto, persiguiendo al Morning Star (DP). Click en la imagen para ampliar.
    Veinte presas
    hemos hecho,
    a despecho
    del inglés,
    y han rendido
    sus pendones
    cien naciones
    a mis pies.

    El 25 de enero de 1830, con la connivencia del rey Fernando VII, Benito Soto fue ajusticiado por las autoridades británicas en Gibraltar. Sus espaldas, dicen que fuertes y angulosas, cargaban oficialmente con setenta y cinco asesinatos y una decena de saqueos. Quién sabe cuántos fueron en realidad. Durante meses, quizá los últimos en los que Europa conoció el terror de la Jolly Roger, el Burla Negra se convirtió en el barco más temido del Atlántico. No hubo taberna de marineros entre isla Ascensión y A Costa da Morte en la que no se ondearan las historias del último gran pirata de este lado del mundo.

    Apenas cinco años después de su ejecución en el Peñón, José de Espronceda ya había convertido a Benito Soto en leyenda. Aunque no lucía diez cañones por banda el bergantín ni fueron veinte los barcos sometidos por el pillaje de su bandera negra, cuentan que fueron sus hazañas las que inspiraron el personaje del Temido para la célebre «Canción del pirata». Pero tan proclive como ha sido siempre la España que duele a olvidar a sus mitos, por muy sanguinarios que estos hayan sido, la historia del Burla Negra y su legendario capitán pronto dejó su sitio a otros relatos pavorosos entre los cuentos con los que asustar a los niños y encorajinar bravatas de barra de bar. No han hecho con su vida una superproducción cinematográfica —al menos sí un espectáculo teatral— y apenas algunas páginas de literatura.

    Ha sido, como casi siempre, la propia gente quien ha reivindicado su legado: hace más de un siglo que la peña Los Anticuarios canta en los Carnavales de Cádiz la copla del Tío de la Tiza, «aquellos duros antiguos / que tanto en Cai / dieron que hablá», después de que en junio de 1904 las playas de la ciudad se llenaran de «viejos, niños y suegras» para hacerse con el millar y medio de monedas acuñadas en México en el siglo XVIII, el último botín del Burla Negra descubierto por casualidad por los trabajadores de una almadraba al abrir una zanja para enterrar los desperdicios de los atunes. De un tiempo a esta parte tampoco hay año en el que el Entroido de Pontevedra no le dedique una noche pirata a su ilustre vecino.

    Hasta Arturo Pérez-Reverte ha asegurado guardar una carpeta con la historia de Benito Soto, cuyo final ya avanzó en 2006: «Y colorín colorado: esta es la historia de Benito Soto Aboal, el español que, fiel a las esencias nacionales, empezó como truculento pirata y acabó —aquí todo termina igual— en chirigota gaditana».

    Pero vayamos por partes.

    Los años perdidos: de A Moureira a Ohué

    Séptimo hijo de una familia de catorce de A Moureira, el barrio de marineros que hizo florecer el puerto de Pontevedra con la venta de sardina y la exportación de vino, a Benito Soto nunca le sobró de nada. Ni siquiera hambre. No sabía leer, pero sí cómo ganarse la vida. Todavía imberbe, y tras desertar de la matrícula del mar —el sistema de reclutamiento de la Armada española—, pone rumbo a Cuba con cierta experiencia ya como contrabandista.

    Nada se sabe a ciencia cierta de lo que sucedió durante su años en el Caribe. Hay quien dice que navegó en barcos corsarios españoles. También en buques negreros. Quizás incluso fue uno de los piratas de isla Tortuga. A finales de 1827 —hay autores que lo sitúan en 1823— figura ya como segundo contramaestre de El dDefensor de Pedro, un bergantín de siete cañones de bandera brasileña autorizado para «andar en corso contra la República de Buenos Aires y emplearse igualmente en mercancía donde le convenga y lícito fuese».

    Aunque las presiones británicas habían obligado al recién independizado Imperio de Brasil a prohibir formalmente el tráfico de esclavos al norte de la línea del Ecuador, el negocio de la trata de persona florecía de la mano de las grandes familias brasileñas. Uno de aquellos hombres era el armador José Botelho de Sequeira, quien estaba haciendo fortuna con los buques negreros que traían esclavos al nuevo continente. Para la misión de El Defensor de Pedro eligió una tripulación experimentada: el capitán, un oficial jubilado de la Armada Imperial brasileña, Pedro Mariz de Sousa Sarmiento, y el piloto, un viejo marino portugués experto en aquellas aguas, Manuel Antonio Rodríguez. El resto de hombres, una retahíla de buscavidas de mar entre los que se encontraban tres gallegos, Miguel Ferreira, Nicolás Fernández aka «Juan Caro» y un Soto que se hacía llamar Benito Barredo, y un vasco de Mundaca al que todos conocían como «el Vizcaíno».

    El Defensor de Pedro tenía como destino el enclave portugués Sao Jorge de Mina, en la bahía de Ohué, el más importante de los puertos esclavistas del África atlántica. El lugar donde se hacían los grandes negocios con la trata de personas. El único inconveniente era que se encontraba cinco grados por encima del Ecuador, lo que autorizaba a la Royal Navy a perseguirlos. Mientras se acercaban a la costa de oro, Soto se fue ganando la confianza del resto de marineros, especialmente la de un grupo de franceses desertores de un buque inglés a los que convenció con la idea de hacerse con el bergantín una vez estuvieran los esclavos a bordo para después venderlos en Cuba. Al parecer hubo quien se fue de la lengua al tiempo que el capitán negociaba con los líderes tribales a los que llevaba aguardiente, oro, algodón y fusiles como agasajo, lo que obligó a adelantar el motín nada más atracar en Ohué.

    Dice la leyenda que al grito de «abajo los portugueses», Benito Soto izó la bandera negra.

    La inquina a los ingleses

    Sin esclavos con los que comerciar, Soto tuvo que cambiar de plan. El Defensor de Pedro puso rumbo a la isla Ascensión, un pequeño refugio en el Atlántico sur, a medio camino entre África y América, a la espera de abordar los mercantes que doblaban el cabo de Buena Esperanza repleto de las mejores alhajas del Índico. Durante el trayecto el capitán Soto ajustició a todos los que dudaron de su mando, entre ellos el ferrolano Ferreira.

    Las primeras voces sobre la sucedido en Ohué, donde los amotinados dejaron en tierra al capitán Sousa Sarmiento, habían comenzado a correr por el Atlántico, por lo que Soto decidió coger la pintura de las bodegas y darle un nuevo aspecto al bergantín. Fue el inicio de la leyenda del Burla Negra.

    Unas semanas después, a mediados de febrero y no muy lejos de isla Ascensión, el mercante de bandera inglesa Morning Star —nada que ver con el barco pirata de La isla de las cabezas cortadas— se cruza en el camino del Burla Negra. Cuentan los historiadores que trataron de engañarlos ondeando la bandera de la Union Jack primero y la azul y blanca de las Provincias Unidas del Río de la Plata después. Lo cierto es que el Morning Star trató de escapar, pero como todos los barcos dedicados a la trata —igual que un siglo después las planeadoras del narcotráfico— El Defensor de Pedro era más rápido y no tardó en alcanzarlo, iniciando una de las matanzas más sangrientas de la historia de la piratería atlántica.

    Comandados por un extravagante marinero francés, ataviado con una pamela de mujer con cintas azules, tomaron el mercante que volvía de Ceilán con maderas nobles, especias y café. Los piratas del Burla Negra, como fue conocido ya internacionalmente desde entonces, acabaron el asalto ya borrachos. Entretanto, violaron a las mujeres a bordo y golpearon salvajemente a un soldado recién licenciado que al ser sordo no entendía sus órdenes. Al resto de hombres, aquellos a los que no habían matado todavía, los encerraron en una bodega con la intención de hundir el barco abriendo dos agujeros en el casco. A Benito Soto no le gustaban los testigos.

    Pero la impericia de sus hombres dejó a flote el mercante y con vida a algunos tripulantes del Morning Star, que fueron rescatados por otro barco inglés. Pronto toda la marina británica los estaría buscando. Así que el Burla Negra emprendió a toda prisa su particular ruta del pillaje.

    La fragata norteamericana Torpaz, que volvía de Calcuta hasta los topes de joyas, piedras preciosas y sedas orientales, fue la segunda víctima conocida de los saqueos del Burla Negra: apenas dejaron un superviviente después de prenderle fuego. Habían aprendido la lección. Horas más tarde, a pocas millas de Cabo Verde, avistaron las velas de un bergantín, presumiblemente el Unicorne, que había observado lo ocurrido con el Torpaz. Y aunque ya sabemos que a Benito Soto no le gustaba dejar testigos, cuentan que el Unicorne fue el único barco que logró escapar jamás del Burla Negra.

    Con solo dos abordajes intentó el capitán Soto convencer a sus hombres de que era el momento de retirarse. Habían conseguido más riquezas de las que necesitaban y la amenaza de que la Armada británica estuviera tras ellos eran motivos aparentemente suficientes para dar por terminada la ruta del pillaje. Sin embargo varios de sus hombres, recelosos de lo que Soto había hecho con otros de sus marineros, optaron por intentar derrocarlo. El motín no salió bien, pero el Burla Negra ya no sería nunca más un barco bien avenido.

    Solo una semana más tarde, siguiendo el rumbo norte y ya a la altura del archipiélago canario, Soto y sus piratas asaltan el brickbarca inglés Sumbury que navega a Saint Thomas y a cuya tripulación acribillan. En pocos días caen también el Cessnok y otros dos barcos portugueses, entre ellos el Melinda (o Ermelinda según algunas fuentes) que había salido también de Río de Janeiro abarrotada de café, té y azúcar.

    Relatan algunos historiadores que el trato a las tripulaciones bajo bandera portuguesa fue siempre más decoroso. Como si Benito Soto quisiera vengar, a su manera, la derrota de España en Trafalgar. Así, los tripulantes de su última víctima, al bergantín inglés New Prospect, fueron también brutalmente aniquilados.

    Los papeles de A Coruña y los arrecifes de la isla de León

    Las versiones solo coinciden en la fecha. A principios de abril de 1828 el Burla Negra arriba en la ría de Pontevedra. Algunos testimonios apuntan a que era rojo y volvía a llamarse El Defensor de Pedro. Otras que lo habían pintado de amarillo y rebautizado como Buen Jesús. En lo que la historia parece coincidir es que fue el tío materno de Soto, José Aboal, quien les ayudó a descargar y vender parte del botín.

    En Pontevedra circula todavía la leyenda de que Soto escondió dos cofres con oro, plata y piedras preciosas que nunca han sido encontrados. En 1926, el diario ABC anunciaba el «Hallazgo de un tesoro» durante unas obras en el barrio de A Moureira. «Encontró enterrada a gran profundidad un arca de hierro de gran tamaño conteniendo un tesoro (…) suponiendo algunos que se trata de uno de los baúles cargados de oro y pedrería que en Pontevedra enterró en 1828 el famoso pirata gallego Benito Soto».

    Aunque la más afamada de las teorías, novelada por Alberto Fortes en Amargas han sido las horas, es que el tesoro acabó en algún lugar de A Casa das Campás, el edificio civil más antiguo de la ciudad, hoy vicerrectorado universitario. Francisco Javier Bravo, un hombre de la alta sociedad local con contactos en Portugal, la habría escondido allí a cambio de ayudar a Soto a vender el resto del botín para retirarse al sol de la Berbería.

    El plan pasaba por deshacerse de las sedas en el puerto de A Coruña. Bravo consiguió unos papeles falsos con los que pasar la aduana, ya transformado de nuevo en El Defensor de Pedro bajo pabellón brasileño. Soto, quien se había engalanado para la ocasión con las ropas del capitán Mariz, fingió una avería provocada por una gran tormenta para engañar a las autoridades locales.

    Aunque encontraron más dificultades de las previstas para deshacerse del botín, el 5 de mayo de 1828 el Burla Negra puso rumbo al sur. Soto disponía de un permiso —conseguido por Bravo— para atracar en Lisboa y hacer efectivos cerca de veinticinco mil pesos en letras de cambio. Pero el plan del pirata era otro: pasar a cuchillo a todos los marineros que no le eran afines, encallar la Burla Negra cerca de Tarifa para después cruzar a Gibraltar, cobrar el dinero y retirarse con su parte.

    Pero el plan, quién sabe si adrede, se torció cuando su barco encalló cinco días después junto al Ventorrillo del Chato, apenas a unos kilómetros de Cádiz. Habían confundido la punta de Tarifa con los arrecifes de la isla de León.

    «¡Adiós a todos, la función ha terminado!»

    Las autoridades españolas no tardaron en presentarse, pero sobornadas por los piratas hicieron la vista gorda. Y estos decidieron celebrarlo: la jarana por las tabernas de Cádiz fue tal que acabó por obligar a la policía a detenerlos «por sospechas vehementes» de su actividad criminal. Para colmo, ocurrió lo que Benito Soto siempre temió. Algunos pasajeros del Morning Star habían sobrevivido y llegado a Londres para denunciar la masacre, convertida ya en afrenta nacional para la corona inglesa. Fue su testimonio, tras un fugaz viaje a Cádiz, lo que permitió identificar a diez de los tripulantes del Burla Negra.

    No a Soto, quien había aprovechado las filtraciones de las autoridades para escapar a Gibraltar no sin antes tratar de persuadir a sus hombres con todo lo que tenía a mano, oro o cuchillo, para que no le delataran en el juicio. Las notas del mismo, recogidas en 1892 por Joaquín María Lazaga en su obra Los piratas del Defensor de Pedro. Extracto de las causas y proceso, subrayan, sin embargo, el gran fracaso del pirata gallego: son sus propios hombres quienes le cargan la crueldad de los saqueos.

    El rey Fernando VII, para el que la ciudad de Cádiz sería siempre una infesta cuna de liberales, maniobró para que los diez tripulantes del Burla Negra fueran ahorcados en plaza pública, ante las Puertas de la Tierra, para después descuartizar los cadáveres y dejar sus cabezas cortadas durante varios días por distintos puntos de la ciudad. Para que el miedo macerase el despertar colectivo.

    De Benito Soto dejó que se encargaran los británicos, quienes lo atraparon pocas semanas después en una fonda del Peñón. Cuentan las crónicas que llevaba encima un sombrero y un puñal de los que se había apoderado en el Morning Star y un pasaje a Ceilán. Fue condenado a la horca culpable de setenta y cinco asesinatos y del saqueo de diez barcos.

    El 25 de enero de 1830, «un día de lluvia que no impidió a la multitud amontonarse en torno al reo», Benito Soto fue llevado ante la horca. Dicen que rezó fervientemente durante un cuarto de hora aferrado al Cristo que le prestó un sacerdote anglicano. También que fue él mismo quien ayudó al verdugo a prepararla, subiéndose al ataúd para meter bien la cabeza en la soga. «Escucha la sentencia, leída en inglés y en español, con aire indiferente y los brazos cruzados y, una vez terminada, cuentan, echa una gran carcajada mirando a la muchedumbre reunida y se despide»:

    ¡Adiós a todos, la función ha terminado!

    Pero no lo había hecho. Todavía tuvo el verdugo que ahondar el suelo con una pala para que sus cinco pies y dos pulgadas dejaran este mundo tras una lenta agonía y el regocijo de la muchedumbre.

    Para la historia ya solo faltaban unas monedas de plata de ocho reales y una chirigota en Cádiz

    https://www.jotdown.es/2019/02/burla...del-atlantico/

  14. #44
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    Saludos y gracias excelente recopilación lei gran parte de ellas y como todo me impacto el relato del submarino ruso que hundió un buque con refugiados pero ya todo es historia y gracias por revelarla en forma simple. Atte. Rafael

  15. Los siguientes usuarios agradecen a Rafles por este tema:

     dani55

  16. #45
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    El aterrador misterio del galeón fantasma español que arribó a México sin tripulación y a la deriva

    Distintas fuentes hablan de un galeón de Manila que, procedente de El Pacífico, alcanzó las costas mexicanas con toda la tripulación fallecida. No obstante, los autores no se ponen de acuerdo en qué barco fue, ni el el año, y resulta probable que se hayan terminado por mezclar distintas historias y un poco de literatura siniestra.



    El descubrimiento de un «tornaviaje», para volver desde el Pacífico a América, abrió miles de posibilidades comerciales y culturales al Imperio español. Magallanes demostró en su mítica expedición, de la que este año se cumplen cinco siglos de su inicio, lo relativamente sencillo que era llegar al Pacífico bordeando el Atlántico por el sur, no así que fuera posible volver sobre sus pasos. Juan Sebastián Elcanotuvo que conducir a la castigada flota castellana de Magallanes, que falleció lanceado por indios del Pacífico, por el sur de otro continente, el africano, en lo que fue una travesía lastimosa bajo el acoso de los elementos y de los portugueses, que controlaban las costas africanas.

    Elcano salió ileso de aquella circunnavegación a la tierra, la primera en la historia, pero pereció pocos años después buscando precisamente el anhelado «tornaviaje». No fue hasta 1565 cuando Miguel López de Legazpi y Andrés de Urdaneta hallaron una travesía viable a través de la corriente de Kuro-Shiwo. Con cinco naves y unos 350 hombres, el intrépido Legazpi atravesó el Pacífico en 93 días y pasó de largo por el archipiélago de las Marianas. El 22 de enero desembarcaron en la isla de Guam, conocida como la Isla de los Ladrones, y desde allí saltaron a la conquista de Filipinas. En nombre de la Corona Española, el navegante vasco tomó posesión de varias de las islas y fundó la ciudad de Cebú (1565), la primera piedra para la colonización de las Filipinas.



    Gráfico de el barco Victoria, con el que se realizó la gesta de Elcano - Luis Cano
    En 1 de junio de ese mismo año Andrés de Urdaneta navegó en dirección a América, hasta la isla de Santa Rosa, en la costa de California, y desde donde viajó al puerto de Acapulco en octubre de 1565. A partir de entonces, la Corona española puso en marcha la ruta llamada del Galeón de Manila. Una travesía que cada año salía desde Acapulco hasta tierras filipinas, trasladando plata para pagar a los funcionarios de la Corona en Filipinas, y desde Manila traía de vuelta seda y porcelana de China, marfil de Camboya, algodón de la India, piedras preciosas de Birmania y especias como canela, pimienta y clavo. Manila se transformó así en una población urbana, ideada como una base para expandir el comercio por el resto de la zona.

    llegaban exhaustos a Acapulco. Los vientos, las corrientes, las tempestades, los corsarios (incluídos japoneses y chinos), los motines, la falta de alimentos y las enfermedades como el escorbuto –que hinchaban hasta sangrar las encías de los marineros– convertían esta ruta en la más larga sin escalas. Se podía tardar hasta siete u ocho meses.

    «Hubo un marinero que dijo que más valía morir una que muchas veces, que cerrasen los ojos y dejasen la nao ir al fondo del mar. Que ni Dios ni el rey obligaban a lo imposible», anotó en su diario el explorador Pedro Fernández de Quirós sobre los peligros de estas aguas.



    A la izquierda del mapa, la ruta que realizada el Galeón de Manila cada año, ida y vuelta
    «Cerca de las Marianas había un lugar conocido como el ‘cementerio de doña María’, porque una noble se suicidó allí al no poder soportar tantas penalidades. También existe el testimonio del capellán de un buque que ofició 92 funerales en 15 días», contó Pablo Emilio Pérez-Mallaína, catedrático de la Universidad de Sevilla, en el Congreso Internacional de Historia Primus Circumdedisti Me, recopilando algunas de las historias más trágicas que quedaron tatuadas allí en el imaginario de los marineros.

    Los ataques enemigos eran una amenaza, hasta en cuatro ocasiones (1587, 1709, 1743 y 1762) fueron alcanzadas estas embarcaciones por los ingleses, sin embargo, muchas más galeones se perdieron a causa de las tormentas o simplemente desaparecieron. En 1603, la San Antonio fue engullido en el Pacífico sin que nunca se supiera qué le ocurrió o dónde. Y, entre los casos más aterradores, se cita por muchos autores la historia de un galeón que fue hallado en las costas de Tehuantepec, con todos sus tripulantes muertos y a la deriva. Cuestión más difícil es determinar de qué barco se trató.

    Según Pérez-Mallaína, autor del libro «Naufragios en la Carrera de Indias durante los siglos XVI y XVII», aquel galeón sería el San José, que llegó en 1657 a México «convertido en un barco fantasma, sin nadie vivo a bordo. Probablemente todos murieron de peste». Sin precisar el nombre de la embarcación, Henry Kamentambién afirma en su libro «El rey loco y otros misterios de la España imperial» (La Esfera de los libros) que «en 1657 un barco llegó a Acapulco después de navegar a la deriva durante más de doce meses: todos a bordo estaban muertos».

    Más confusión que respuestas
    Los autores que se refieren a este terrible arribada del San José, con sus 150 tripulantes fallecidos, no son capaces de explicar, más allá de que se extendiera una epidemia, qué pudo ocurrir. No obstante, hay una cuestión que añade más confusión a este suceso. Junto al San José, salió de Filipinas en el verano de 1656 otro galeón rumbo a Nueva España, el Nuestra Señora de la Victoria, un barco reformado al mando de Francisco García del Fresno. Dos barcos, un mismo año, ¿y dos destinos igualmente crueles?

    Según consta en la documentación que se conserva, la capitana San José zarpó de la bahía de Manila sobre el 30 de julio y llegó a Acapulco el 15 de marzo de 1657. El otro galeón de aquel año, Nuestra Señora de la Victoria, zarpó de Cavite el 17 de julio y llegó en marzo a las costas americanas, aunque no exactamente a su destino. Las autoridades de la Real Audiencia de Guatemala fueron informadas el 4 de abril de 1657 de que Nuestra Señora de la Victoria se encontraba a la deriva en las costas de esa región, con el piloto muerto y sin gente marinera para seguir el trayecto a Acapulco, como explicó en detalle Guadalupe Pinzón Ríos, profesora del Instituto de Investigaciones Históricas, en su conferencia titulada «El arribo forzoso de la nao Nuestra Señora de la Victoria y las faenas portuarias que generó», dentro del Simposio Internacional Naufragios celebrado el año pasado.

    El almirante Francisco García del Fresno seguía con vida y logró dirigir con éxito el galeón hasta el puerto final
    Unos marineros del galeón se echaron a tierra y pidieron ayuda, lo cual puso en marcha una compleja operación de rescate, que implicó a más de cien personas, con el objeto de que no se perdiera la valiosa mercancía. 80 tripulantes habían muerto y el estado del barco era calamitoso, pero se logró dar con grupo de personas con experiencia naval para suplir las bajas y trasladar el barco al pueblo de Nuestra Señora de las Nieves. Tras esta parada, el almirante Francisco García del Fresno, que seguía con vida, logró dirigir con éxito el galeón hasta al puerto de Acapulco. Dado lo tardío de las fechas de ese año, ya no hubo tiempo para que ni el San José ni Nuestra Señora de la Victoria regresaran a Filipinas, si bien consta que los dos lo hicieron en 1658.

    A la vista de todos estos datos contradictorios, es posible que el nombre de ambos galeones y sus historias se hayan traspapelado, y que el tiempo haya exagerado el suceso, de modo que lo que fue una arribada forzosa por falta de gente apta para gobernar el barco se transformó, a base de tiempo y de literatura, en una aterradora historia en la que no vivieron ni testigos para contarla.

    «El tornaviaje y la exploración del Pacífico» (firmado por la doctora en Historia Guadalupe Pinzón Ríos) es, precisamente, uno de los artículos incluidos por el número especial que saca el 27 de febrero la revista Desperta Ferro dedicado a «La Armada española (II): la era de los descubrimientos». El reportaje explica que, tras las expediciones de Magallanes-Elcano (1519-1522) y Elcano-Loaísa (1525-1527), que salieron de la península ibérica rumbo a las islas de la Especiería, se hizo evidente que era muy difícil llevar a cabo contactos marítimos con Asia cruzando dos océanos. Esto se debía a que los tiempos de navegación eran excesivamente prolongados y eso resultaba en la descomposición de los alimentos y en la mortandad de las tripulaciones, peligros a los que, además, se sumaban los problemas que la propia travesía representaba. Desde las costas novohispanas se llevaron a cabo diversas travesías y logró establecerse la ruta transpacífica, que permitió llevar a cabo nuevos registros navales y cartográficos que enriquecieron el conocimiento sobre dicho océano.
    https://www.abc.es/historia/abci-ate...5_noticia.html

  17. #46
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    El pirata «violador» que se hizo rico tras traicionar y robar al Imperio español

    El 7 de septiembre de 1695, Henry Every tomó un gigantesco buque indio logrando un botín que le permitió «retirarse». Todo ello, después de haber traicionado a las autoridades peninsulares.

    Desde el tristemente conocido Francis Drake (un saqueador de buques hispanos bajo las órdenes de su graciosa majestad inglesa) son muchos los piratas que han surcado mares y océanos ávidos de embolsarse riquezas a cambio de cortar alguna que otra garganta. Precisamente uno de los más reconocidos de su tiempo (aunque olvidado por la Historia) ha sido Henry Every, el británico que amasó una gran fortuna tras saquear el Ganj-I-Sawai el 7 de septiembre de 1695, un gigantesco navío indio que iba cargado hasta los remaches de oro, plata y joyas.

    Este bucanero (quien, curiosamente, adquirió tal rango después de traicionar al Imperio español) pudo retirarse después de cometer esta fechoría y desapareció de la Tierra sin dejar rastro. Algo lógico en cierto modo, pues aquellos malhechores como él que eran hallados por la justicia solían perder el cuello en la horca.



    Henry Every
    Aunque la vida de Every no puede igualarse con la de otros afamados y veteranos piratas como Barbanegra, lo cierto es que no se le puede negar su intrepidez y valentía, pues logró hacerse millonario poco más de un año después de haber izado la bandera pirata en el mástil de su navío. Sin embargo, el que fuera uno de los corsarios más destacados de Inglaterra comenzó sus andaduras en el mar como miembro de la«Royal Navy».



    Aunque se desconoce el momento concreto, se cree que por entonces corría el año 1690, con lo que Henry contaría aproximadamente 30 años, pues vino al mundo en 1660 en Plymouth (al sudoeste de Inglaterra). En 1693 su nombre volvió a aparecer en los registros. Aunque en este caso ya como primer oficial del «Carlos II», un navío que había sido contratado por el Imperio español para saquear un buque francés cargado de riquezas en el Caribe.

    Motín
    Mientras preparaban velas y estoques en puerto para dar buena de los gabachos a una orden de sus patronos, parece ser que la tripulación del «Carlos II» se desesperó por la espera y decidió tomar medidas para remediarlo.

    La solución fue drástica: protagonizaron un motín, tiraron por la borda al capitán (a un bote, eso sí) y nombraron mandamás a Every. Este, por su parte, rompió el tratado con España, se declaró pirata y cambió el rumbo del navío. «Ahora soy el capitán de este barco. Viajaré hacia Madagascar con el objetivo de amasar mi propia fortuna y la de aquellos valientes que se unan a mi», señaló presuntamente el británico.



    Every, escoltado por un esclavo
    Tras recibir el apoyo de una buena parte de los presentes (¿qué otra cosa podían hacer si no querían dar con sus huesos en las aguas?) Every cambió el nombre del «Carlos II» por el del «Fancy» y puso rumbo al sur de África bajo la cálida sombra de la bandera pirata.

    Su primer «ataque» llegó poco después, cuando él y sus hombres saquearontres buques ingleses en las islas de Cabo Verde. En los siguientes meses, a su vez, demostraron sus capacidades de asesinos al tomar multitud de barcos franceses y daneses. Aunque su cambio a malhechor se sucedió rápidamente, lo cierto es que la fama vuela (y más si es acompañada de sangre) por lo que el inglés logró que multitud de hombres se unieran a sus filas hasta reunir una flota de 150 bucaneros allá por 1695.

    Pirata violador
    Tras varios combates, y después de saber que su tripulación de maleantes le seguiría hasta los confines del océano, Every puso sus malvados ojos sobre un suculento botín, el que transportaba el gigantesco buque Ganj-I-Sawai, perteneciente al Imperio mogol. Este, concretamente, había partido en 1695 desde el Mar Rojo junto a un buque escolta con el objetivo de llevar hasta la Meca un inmenso tesoro y a grandes personalidades de la India.

    El bajel estaba fuertemente defendido por decenas de cañones y más de 400 fusileros (una cantidad ingente de infantes para la época). Sin embargo, el botín lo merecía. Por ello, el pirata se calzó las botas, se ató la espada al cinto y se dispuso a partir para dar el que sería su golpe definitivo.

    Con todo, que fuera pirata no significa que fuera también estúpido. El «Fancy» no podía acabar en solitario con aquel monstruo de los mares. Por ello, se asoció con algunos bucaneros como el famoso Thomas Tew.

    Tras iniciar su viaje, a principios de septiembre se dieron de bruces con la flotilla india. Tras una breve persecución comenzó la batalla. El primero en car, sin mayor dificultad, fue el buque escolta, que les reportó unas ganancias de 50.000 libras esterlinas. Una vez que acabaron con aquella pequeña molestia, comenzó el tiroteo con el inmenso Ganj-I-Sawai el 7 de septiembre.

    El buque se defendió a sangre y cañón durante algún tiempo. Sin embargo, la explosión de una de sus piezas de artillería provocó el caos. Cuando uno de los buques piratas cortó de un cañonazo uno de sus palos, los bucaneros abordaron a su enemigo y, a base de machete y alfanje, acabaron con decenas de ellos hasta que se rindieron.



    Recreación de Every en el Uncharted
    Sin embargo, en ese momento se dio uno de los episodios más tristes de la jornada pues, en lugar de respetar a la tripulación, los hombres de Every violaron a las mujeres que había en el bajel -así como a los ancianos- durante siete días (el tiempo que tardaron en cargar el botín de la nave -valorado entre 350.000 y 600.000 libras en oro, plata y joyas-). La degeneración fue tal que algunas chicas prefirieron arrojarse al mar o suicidarse con sus cuchillos antes que soportar las vejaciones de aquellos malnacidos.

    Tras dar este golpe, Every abandonó la piratería y se dedicó a vivir de sus riquezas. Todo ello, a pesar de que los ingleses se ofuscaron como nunca antes se había visto en capturarle. Y es que, por miedo a perder sus relaciones comerciales con los indios, habían dado su palabra de que aquel malandrín sería llevado ante la justicia. Aunque algunos de los malhechores fueron encontrados, la gran mayoría logró evitar la justicia y desapareció si dejar rastro para disfrutar de sus riquezas.
    https://www.abc.es/historia/abci-pir...1_noticia.html

  18. #47
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    En medio del Caribe

    publicado por Diego Cuevas


    The Sea Hawk, 1940. Fotografía: Warner Bros.

    Fifteen men on the dead man’s chest
    Yo-ho-ho, and a bottle of rum!
    Drink and the devil had done for the rest
    Yo-ho-ho, and a bottle of rum!

    La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson

    Arrr

    La culpa de casi todo lo que uno cree saber sobre piratas la tiene Robert Louis Stevenson al tallar en la novela La isla del tesoro gran parte de los futuros clichés del pirata pop, incluyendo las patas de palo y los loros al hombro pero excluyendo lo de que tuviese la cara del Lágrima y toda la cuestión de sentir aversión por los ninjas. El escritor incluso arrojó en aquellas páginas un puñado de versos de una ficticia canción marinera, «Dead Man’s Chest» («Ron ron ron, la botella de ron» en su versión castellana), que gracias a la popularidad del relato se acomodaría en la memoria general como una auténtica tonadilla piratesca. Desgraciadamente los piratas reales no se saludaban entre ellos con un «Ahoy», ni iban por ahí gritando «Aye aye!» o salpicándose con «Arrrrs» indiscriminados. Tampoco se pasaban el día haciendo símiles con el utillaje marítimo, hablando de los ingredientes del grog, poniendo acento de inglés de pueblo profundo o insinuando avistamientos de monos con tres cabezas. Ocurría que parte de la culpa de ese dialecto pirata también era consecuencia de la La isla de tesoro, pero en su versión cinematográfica de 1950, donde Robert Newton utilizaba un lenguaje de anglosajón cateto para redondear su interpretación de un pirata. El actor iba tan lejos en su gesta como para tener los santos cojones de cerrar una oración religiosa con un «Arrrmen». Cuando Newton se atrevió a trasladar el habla hasta otra película, El pirata Barbanegra, condenó definitivamente a todos los piratas de ficción del futuro a pronunciar erres amontonadas.

    Alexandre Olivier Exquemelin sería la verdadera enciclopedia de la piratería, un francés con apellido de conjuro de Harry Potter que chupó cubierta junto a Sir Henry Morgan trabajando como cirujano-barbero, ocupación que tenía bastante salida profesional durante la época y se basaba en aprovechar que medicina y peluquería compartían instrumental para tener a sus peritos recortando perillas por la mañana y piernas enteras por la tarde. Exquemelin se sacaría la carrera profesional de cirujano en Ámsterdam para acabar volviendo al Caribe a zurcir carne de bucaneros y reubicar entrañas de corsarios mientras redactaba ente medias Piratas de la América, un libro de referencia sobre la piratería que tenía bastante de wikipedia en más de un sentido: las diversas traducciones del original (publicado en holandés en 1678 con el título De americaensche zee-eoovers) parecían un taller de escritura creativa al añadir de manera totalmente gratuita, un montón de datos y biografías no corroboradas.

    François l’Ollonnais (c. 1635 – c. 1668)

    Un impetuoso Jean-David Nau natural de la Francia oriental decidió adoptar como alias artístico el tampoco demasiado fiero nombre de François l’Ollonnais para acompañar sus perrerías en mares caribeños. Al poco tiempo de fletar su carrera criminal, el Olonés y acompañantes naufragaron a orillas de México y fueron asaltados por un grupo de soldados españoles bastante sádicos. El francés logró escapar de la masacre untándose en sangre, deslizándose entre cadáveres, poniendo cara de Wally y moviéndose poco. Aquel asunto le marcaría ligeramente y provocaría cierta tensión en sus relaciones con los españoles: en Tortuga, azuzado por la mala hostia, secuestraría a todo un pueblo regido por gobernadores españoles solicitando un cuantioso rescate a cambio de no dibujar corbatas con la espada en las gargantas de los habitantes. La respuesta oficial la obtuvo desde La Habana con la visita de un barco hostil dispuesto a reventar su mollera francesa, pero Ollonnais decidió enfocar el asunto de manera positiva: capturando la embarcación y degollando a toda la tripulación a excepción de una persona que utilizaría como cartero para llevar de vuelta el mensaje «De ahora en adelante François l’Ollonnais nunca dará tregua a quien sea español», por si lo de haber cercenado cabezas no se entendía del todo bien.

    El Olonés concentró su carrera marítima en las aguas del Caribe siendo a grandes rasgos un auténtico cabrón. Invadió el inexpugnable fuerte de San Carlos de la Barra, robó y violó a media población de Maracaibo y tomó a la fuerza ciudades para cobrar el rescate solicitado y arrasarlas igualmente. También fue fiel a sus principios y se abalanzó enseñando los dientes sobre todo nativo de España que se le cruzara en su camino, de manera tan textual como para convertirle en leyenda: en un interrogatorio a dos españoles se le ocurrió arrancar el corazón de uno de ellos y devorarlo ante su compatriota para insinuarle que quizás era mejor cantar. Irónicamente, durante una huida se perdió en tierras panameñas y fue capturado por una tribu asilvestrada de caníbales que lo invitó a participar en la merienda-cena en calidad de primer plato.

    Benjamin Hornigold (c. 1680 – 1719)

    Hornigold arrancó sus desventuras en invierno de 1713 asaltando a los desprevenidos a bordo de una piragua. El asunto se le daría tan bien que cuatro años después se encontraba a cargo del buque más descomunal y con mayor potencia ofensiva de la zona, un barco llamado Ranger. Hornigold se convertiría en el matón de la región mientras demostraba que percibía el concepto de piratería de manera curiosa: en cierta ocasión invadió una embarcación ajena para llevarse tan solo «un poco de ron, azúcar, pólvora y municiones» como quien llama al timbre de la vecina para pedir un puñado de sal. Y en otra notable operación de pillaje abordaría una nave ajena para llevarse todos los sombreros de sus tripulantes porque sus hombres habían perdido los suyos durante una fiesta antológica. Precavido como pocos, no atacaba barcos ingleses para utilizar como excusa en caso de ser apresado que luchaba del lado británico, sufrió un motín y aprovecho el perdón concedido por Jorge I de Gran Bretaña para resetear el currículo y dedicarse a cazar piratas. Durante su vida activa además tuvo el curioso honor de ser mentor de otra leyenda pirata: Barbanegra.


    Treasure Island, 1950. Imagen: Walt Disney

    Con parche en el ojo

    Si hacemos caso a las estadísticas visuales, los contendientes de una escaramuza en alta mar o bien tienen especial predilección por apuntar a los ojos del oponente o bien son lo bastante estúpidos como para tratar de detener balas y sables enemigos con las córneas. El parche en el ojo se imagina como un complemento común del pirata estándar, pero es probable que su existencia no indicase remiendo para un ojo ausente sino una técnica para asaltar con más soltura las entrañas de un barco. Suponiendo que el marinero conservase los dos globos oculares intactos, mantener un ojo acostumbrado a la oscuridad era una ventaja táctica que facilitaba la invasión de bodegas escasamente iluminadas: bastaba con cambiarse el parche de ojo en el momento de hacerlo.

    Edward Teach (c. 1680 – 1718)

    Edward Teach, conocido popularmente como Barbanegra por sabe Dios qué extraña peculiaridad capilar, tuvo su primer contacto con el agua salada al servir en la Marina Real Británica, hasta que razonó que salía más a cuenta hacerse autónomo. Teach acabaría capturando un buque de esclavos para tunearlo y convertirlo en el temido Queen’s Anne Revenge. Dibujado por el mito como un hombre sanguinario, Barbanegra realmente era una persona muy inteligente que prefería evitar la confrontación y derrotar a sus enemigos por la vía del miedo al valerse de su, adelantada a su tiempo, alma de rockstar: solía presentarse en los combates vestido de negro, forrado con pistolas, con enormes botas de piel y varias mechas encendidas atadas a su barba, pelo y sombrero que le otorgaban la apariencia de ser Satán envuelto en una humareda diabólica; aquella puesta en escena era importantísima, y Teach encarnaba al Rob Zombie del momento. El pirata resultaría ser mucho menos tirano que lo que dictaba su legado, no hay constancia de que dañase a los hombres que capturaba tras la batalla, pero también sería una bestia parda durante las peleas que libraba: en 1718, tras ser derrotado y decapitado en la cubierta de su propio barco por el teniente Robert Maynard, se descubrieron en su cuerpo inerte cinco heridas de bala y una veintena de cortes producidos por espadas.

    In the navy

    Pasar tanto tiempo en alta mar sin compañía femenina propiciaba que los tripulantes comenzasen a percibir apetecibles las siluetas de sus compañeros y olvidasen a propósito que estos tenían más pelo bajo la barbilla que bajo el sombrero. Pero como los piratas eran gente de mente abierta, las relaciones homosexuales en su entorno nunca fueron motivo de lamento. Incluso llegarían a crear el matelotage, una institución similar al matrimonio que unía de manera formal a dos piratas varones adultos. Esto es importante, en pleno siglo XVII los fieros piratas del Caribe resulta que ya estaban legalizando el matrimonio homosexual.

    A Le Vasseur, gobernador francés que regía la isla de Tortuga, no le acababa de agradar la idea de tener en sus dominios, frecuentados por piratas, a tantos marineros agarrando mástiles que no fuesen los de sus embarcaciones. El hombre inició el papeleo necesario para llevar a cabo un plan que implicaba importar meretrices desde la Francia natal y sus reclamas se transformaron en embarcaciones cargadas con centenares de putas zarpando hacia el Nuevo Mundo como si de una película porno facilona se tratase. Aquellos navíos echaron el lazo en el puerto de Tortuga mientras Le Vasseur animaba a las prostitutas a echarles el lazo a los bucaneros del lugar y atarlos en corto para que formasen familias, se dedicaran al cultivo y obviasen aquello de jugar al pilla pilla con los amigos y al pillaje con los enemigos. Los habitantes de Tortuga entendieron de otro modo la invitación de regar huertos y encararon los puticlubs flotantes con la resuelta convicción de repartir cariños entre queridos y recién llegadas.

    Calico Jack (1682 – 1720)

    John Rackman se ganó el alias de Calico Jack por su manera de revolucionar la moda pirata luciendo llamativas y carísimas camisas de calicó, algo que decía bastante de una figura que ya en su momento vivía del hype que generaba a su alrededor y debería considerase más exitoso como publicista que como sanguinario pirata: su rediseño de la Jolly Roger, en forma de calavera subrayada por un par de sables cruzados, adquirió fama de manera inmediata logrando que los que la avistaban en alta mar cagasen tantos ladrillos como para construir una nueva muralla china. Pero Jack, a pesar de haber demostrado cierta maña a la hora de apresar navíos ajenos, lucía un currículo pirata cuestionado por historiadores y atesoraba fama de ser especialmente habilidoso a la hora de desaparecer de una gresca si su equipo iba perdiendo. Lo cierto es que lo más interesante de su trayectoria como saqueador de alta mar era su ojo para los fichajes, porque obviando las leyes piratas alistó en su barco a dos mujeres: Anne Bonny y Mary Read, dos figuras legendarias. Calico Jack sería apresado junto a su séquito mientras estaba de farra y finalizó sus días balanceándose con la soga al cuello en un islote de Port Royal que desde entonces sería conocido como Cayo Rackhams.


    Cutthroat Island, 1995. Fotografía: Beckner & Gorman / Canal + / Carolco / MGM.

    Un par de tibias

    Las banderas piratas son el ejemplo perfecto del potencial de un logotipo y la importancia empresarial de crear una imagen de marca. Y, aunque la imagen clásica de la Jolly Roger evoque una calavera junto a un par de tibias cruzadas, existieron a lo largo de la historia diferentes filibusteros que presentaron sus propios diseños personalizados: Edward Low blandiría una bandera con un esqueleto rojo en la misma posición que el muñequito de idéntico color de cualquier semáforo. John Phillips se dejaría ver bajo el emblema de un calvo desnudo con un reloj de arena en una mano y una lanza ensartando un corazón en la otra. Walter Kennedy optaría por poner un poco de todo: Jolly Roger clásica, señor desnudo, espada y reloj de arena. Bartholomew Roberts luciría una bandera donde él mismo aparecía brindando con un esqueleto y diseñaría otra con su persona pisando un par de cráneos enemigos. Henry Every dibujaría la calavera de canto con un pañuelo gangsta. Thomas Tew evitaría los rodeos: su flota enarbolaba la imagen de un brazo que amenazaba con un sable.

    Mary Read (c. 1690 – 1721) y Anne Bonny (c. 1700 – c. 17¿?)

    Anne Bonny fue una pelirroja irlandesa fruto de la aventura de un abogado con su criada. Su existencia provocó que su padre creyese conveniente establecer cierto perímetro de seguridad con su esposa oficial y se mudase a Londres junto a una niña que vivía disfrazada de chico y respondiendo al nombre de Andy, y su madre biológica. De ahí embarcaron hacía Carolina del Sur, donde una joven Bonny cansada de sentarse en el porche y rascarse el higo abandonaría a su padre en busca del romanticismo de la delincuencia marítima para acabar casándose con un pirata de segunda división llamado James Bonny. Las aguas se calmaron hasta que apareció Calico Jack y la jovenzuela, hipnotizada por su profundo sex appeal, decidió dejarlo todo y aventurarse, haciéndose pasar por varonil filibustero, a desvalijar embarcaciones ajenas junto a ese boceto de Jack Sparrow.

    Mary Read nació como consecuencia de algún arrumaco extramatrimonial ejercido por la esposa de un marinero. Tras el fallecimiento del marido entre las olas la mujer obligó a la pequeña a pasar la infancia y adolescencia vistiendo ropa de chico para cobrar de ese modo la herencia que correspondía a otro hijo de la familia también fallecido. La joven chavala le pilló el truco a lo de hacerse pasar por hombre y travestida formaría filas en unas fuerzas armadas británicas junto a las que repartiría leña en el campo de batalla. Se enamoró de un compañero flamenco de milicia al que le confesó que en realidad carecía de genitales externos, un detalle que al hombre le pareció lo suficientemente interesante como para desposarse con ella y montar una posada donde vivir sin sobresaltos. La muerte de su marido la llevó a embalarse de nuevo en el disfraz de mucho macho y caminar hacia el ejército buscando guerra de nuevo. Calico Jack y Anne Bonny, creyendo que estaban tratando con un hombre, la invitarían en 1720 a unirse a su tripulación de saqueadores y lo que ocurriría a continuación entre aquellos tres sería materia prima para telecomedia de equívocos: Bonny y Read comenzaron a experimentar una extraña tensión sexual y la primera decidió aclarar a la segunda que tenía ranura en lugar de pito, solo para que la segunda le revelase que también era usuaria de trompas de Falopio. Entretanto Rackham estaba empezando a ponerse tan celoso, al ver a otro hombre arrimándose a su amante, que Bonnie tuvo que confesar, para alegría del pirata, que en realidad había cuatro tetas sobre la cubierta.

    Lo interesante es que las leyendas que aseguran que Rackham era de esconder la cabeza durante las afrentas suelen solaparse con aquellas que afirman que las verdaderas guerreras del grupo eran dos furiosas mujeres pirata. Durante sus últimos días, un Calico Jack encarcelado solicitó ver por última vez a su querida y Bonny aprovecharía la reunión para dedicarle unas amables palabras de despedida: «Siento verte aquí. Pero si hubieras luchado como un hombre no serías colgado como un perro». Mary Read murió en su celda a causa de fiebres producidas por un embarazo, pero el destino de Bonny sería tan incierto que bien podría haberse pasado otros sesenta años disfrazada de bravucón macho alfa aterrando el Caribe y peleando como la mujer que no sería colgada nunca como un perro.

    https://www.jotdown.es/2020/03/en-medio-del-caribe/

  19. #48
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    La rica mitología que hay detrás de The Lighthouse

    publicado por E.J. Rodríguez


    El faro (2019). Imagen: A24 / New Regency Pictures / RT Features.

    Principios del siglo XIX. Cuarenta kilómetros mar adentro desde la costa de Gales se erigía un faro sobre un diminuto islote, menos de cien metros de plano y desolado pedregal, de un enano archipiélago conocido como las islas Smalls. Aparte del faro, allí no había nada. No podía construirse una cabaña, pues el furioso oleaje del mar Céltico que se tragaba el islote cada vez que soplaba el viento la hubiese hecho desaparecer.

    El faro era cuidado por dos hombres obligados a compartir un reducido habitáculo sostenido por columnas de madera, situado justo bajo la luz del faro, al que debían acceder subiendo por una escalerilla de cuerda, método impracticable cuando el clima se ponía bravo y al mar le daba por hacer desaparecer la escasa superficie rocosa disponible. No disponían de una escalera en espiral resguardada por paredes de ladrillo como en los faros modernos. Así, los fareros que pasaban por Smalls ganaban un buen dinero por un periodo de servicio limitado —o por lo menos más dinero del que hubiesen ganado en otro trabajo marítimo que les hubiese ocupado el mismo periodo de tiempo—, pero sabían que se enfrentaban a una difícil prueba de aguante. Sus víveres y suministro de agua dependían de los buques que transitaban la zona. En más de una ocasión el islote había quedado aislado por culpa del mal tiempo y sus ocupantes encerrados en el habitáculo sin poder salir y sin recibir suministros se habían quedado sin comida y, cuando la lluvia no acompañaba al viento, también sin agua potable. El trabajo de farero estaba bien pagado en lugares inhóspitos porque mantener constante la llama de los faros era vital para la navegación y se requería de hombres meticulosos y comprometidos, pero el riesgo de aislamiento, accidente o enfermedad era muy elevado.

    Los dos hombres que cuidaban el faro a principios de 1801 compartían nombre de pila, Thomas Griffin y Thomas Howell, pero no se llevaban bien. La convivencia era muy mala, algo que no habían dejado de notar los barcos que se habían detenido a visitarlos. Griffin, que era el de mayor edad, enfermó de gravedad y murió. Lo normal en esos casos hubiese sido echar el cadáver al mar para evitar contagios y el contacto con la natural descomposición del cadáver, pero Howell creyó que podrían acusarlo de haber asesinado a su colega y haber intentado deshacerse del cuerpo para no dejar pruebas porque, además, en el pasado del propio Howell había algún asunto tenebroso. Así que arrancó tablas de madera del habitáculo y fabricó un rudimentario ataúd en el que metió a su difunto compañero. Alzó una bandera roja, señal de emergencia que atraería la atención de los buques, y entregaría el ataúd al primer barco que apareciese.

    Quiso la mala suerte que llegase antes un frente tormentoso que terminó impidiendo el tráfico marítimo durante algunas semanas. Howell, al principio, confiaba en que la tormenta amainase pronto. Pero al cabo de pocos días el hedor del cadáver era insoportable; sin querer aún tirarlo al mar, Howell se las arregló para atar la caja en el exterior, dejándola colgada junto a una ventana del habitáculo. Allí, el rudimentario sarcófago estaba a salvo de las olas, pero no del viento y de la lluvia, que empezaron arrancar las tablas hasta que el muerto quedó colgando a la intemperie. Howell, cuyas raciones de comida y agua empezaban a escasear, tuvo que acostumbrarse además a la macabra imagen de un Griffin que se descomponía ante su ventana. Una noche, cuando la silueta del difunto Griffin se recortaba sobre la luz del faro como era ya costumbre, Howell vio que uno de los brazos, movido por el viento, le hacía gestos, como invitándolo al mundo de los difuntos. Aislado, casi enloquecido por la soledad y el hambre, Howell llegó a considerar el suicidio.

    Las tempestades pasaron de largo y el tráfico marítimo se reanudó. Thomas Howell fue rescatado por fin, pero cuando volvió a pisar tierra sus familiares y amigos apenas pudieron reconocerlo. En cuestión de semanas, su piel se había apergaminado y su cabello se había vuelto completamente blanco. Era, decían, «una sombra de su antiguo ser». La aterradora experiencia de Howell hizo que las autoridades marítimas británicas decidiesen cambiar las normas; en el futuro, cada faro estaría cuidado por tres hombres, ya no solamente dos, para que hubiese menos probabilidad de que alguno se quedase solo, a punto de perder la cabeza y la vida, como le había sucedido a Howell.

    Esta historia, completamente real, demuestra que la vida quizá era apacible en los faros costeros, pero no en aquellos situados en islas de difícil acceso. Las desventuras de Griffin y Howell han encontrado eco en dos películas de los últimos años, ambas tituladas The Lighthouse, aunque son muy diferentes. La primera fue producida en 2016 por la BBC y es básicamente una reconstrucción dramática del suceso tal como se cuenta en las crónicas de la época. La segunda, estrenada en 2019, es la que muchos de ustedes habrán visto y tiene poco que ver con el suceso que acabamos de contar; solamente lo usa como parte de la escenografía.

    Llevaba tiempo queriendo hablar de esta película porque de vez en cuando surge un joven director estadounidense que me hace mantener la esperanza sobre la salud creativa del cine de aquel país. Quienes nos lean habitualmente sabrán que llevo tiempo insistiendo en que Corea del Sur está haciendo el cine comercial de calidad que Hollywood ya apenas proporciona; hay un abismo de calidad entre el cine comercial surcoreano y los grandes estudios de Hollywood. Lo del triunfo de Parasite en los Óscar es solamente un reconocimiento de eso que toda la crítica mundial ya sabe desde hace tiempo. Sin embargo, en las pequeñas productoras independientes se demuestra que la cantera de talento estadounidense no se agota, simplemente lo tiene más difícil para darse a conocer a nivel masivo. Un buen ejemplo es Jeff Nichols, quien ha rodado cinco películas de las que por lo menos cuatro son ejercicios de precoz maestría cinematográfica. Nichols posee un talento descomunal, pero ha quedado atrapado en la maquinaria hollywoodiense, que no perdona. Sabiendo que necesitaba trabajar con un gran estudio para asegurarse la estabilidad financiera, se involucró en el proyecto de Aquaman, pero encontró que le pretendían recortar la libertad creativa. Nichols no es un perrito faldero con piel de enfant terrible como Rian Johnson, sino un tipo apacible que, no obstante, valora su libertad creativa por encima de todo. Cuando comprobó que no tendría total control, se desentendió de Aquaman. Después empezó a trabajar en una nueva versión de Alien Nation, el clásico nostálgico de los ochenta, pero la producción quedó suspendida «en los despachos» tras la compra de Fox por parte de Disney. Resultado: Nichols lleva desde 2016 sin estrenar película.

    Otro de los cineastas que ha despertado mis esperanzas es Robert Eggers. Ha estrenado solamente dos largometrajes y parece condenado, al menos por el momento, a recibir tantos elogios de la crítica como una renqueante atención del público. Debutó con la extraordinaria The Witch, una de mis películas favoritas de los últimos años (no me hagan caso a mí, hagan caso a Stephen King, que la pone por las nubes), aquel maligno cuento sobre una familia de colonos que malviven en mitad de un bosque norteamericano, atenazados por la miseria, la paranoia religiosa y la aparente presencia de fuerzas sobrenaturales en su paupérrima granja. The Witch es una película de terror prácticamente perfecta, aunque de terror al estilo clásico, lento y agobiante; nada de sustos y gilipolleces. También es una narración directa y muy inteligible. No fue concebida para desafiar al espectador, sino para conducirlo a un determinado estado mental basado en el hábil reciclaje de elementos terroríficos de un folclore a medio camino entre Europa y América. Robert Eggers es natural de New Hampshire, en la región de Nueva Inglaterra, que fue donde primero llegaron los colonos anglosajones desde el otro lado del Atlántico. En The Witch, Eggers demostró su obsesión por documentar históricamente su trabajo, empezando por la manera de hablar de los personajes (sus diálogos son dignos de un gran novelista) y terminando por los detalles más inesperados de la vida cotidiana, ya fuesen ropajes, objetos y demás.


    El faro (2019). Imagen: A24 / New Regency Pictures / RT Features.

    The Lighthouse, su segunda película, es muy diferente. Tiene puntos en común como las referencias folclóricas y una labor de documentación histórica y lingüística incluso más obsesiva que en The Witch. Tan minuciosa que ha sobrepasado la capacidad de comprensión de algunos críticos que pretendían ir de listos. Para que se hagan una idea: uno de esos críticos se burló del «mal acento irlandés» de uno de los dos protagonistas de The Ligthouse. Pues bien, durante una entrevista Eggers le aclaró al señor crítico que eso no era «acento irlandés», sino un arcaico dialecto de Nueva Inglaterra que él mismo había recompuesto tras estudiar un viejo tratado antropológico que había llegado a sus manos tras una prolongada búsqueda. En el tratado, mediante anotaciones fonéticas, se reproducía esa forma de hablar concreta que Eggers trasladó a la película. De hecho, los dos protagonistas de The Lighthouse usan distintos lenguajes decimonónicos que se usaban en Nueva Iglaterra: uno propio del interior, otro propio de la costa. Vamos, que el cineasta podría escribir una tesis sobre peculiaridades lingüísticas de su región natal, y ya de paso otra tesis sobre vestuario y menaje de la época, o sobre la reglamentación marinera (se molestó en encontrar y leer los códigos de conducta de los fareros de principios del siglo XIX, así como cartas y diarios). En cuanto a documentación, el tipo lleva camino de terminar en niveles asperger propios de Kubrick.

    The Lighthouse es diferente a The Witch porque, aunque por momentos parece una película de terror, no lo es en realidad. Sí puede ser una pesadilla incomprensible salvo que usted tome la precaución de conocer el subtexto que se esconde tras el argumento literal; obviamente vamos a hacer SPOILERS, pero imagino que usted ya habrá visto la película a estas alturas. A primera vista, si uno la ve sin más información (y si no reconoce las claras referencias pictóricas que aparecen durante el metraje), parece contar la historia de un farero que se vuelve loco debido a la conducta irritante y cruel de su superior, al aislamiento y a las terribles condiciones de vida en el faro.

    Y no, no es una historia sobre fareros. The Lighthouse es un crossover mitológico donde se reúnen dos personajes que nunca interactuaron en la literatura griega, pero que aquí aparecen juntos: Proteo (Willem Dafoe) y Prometeo (Robert Pattinson). Partiendo de esa base, podremos ir descubriendo que el metraje está repleto de detalles que tienen paralelismos con esa mitología y cuentan algo diferente de lo que parecía a primera vista. No siempre es fácil localizar estos paralelismos y metáforas. Hoy mismo sigo convencido de que todavía hay detalles en la película cuyos paralelismos desconozco o no he conseguido interpretar. Además, hay muchos elementos ambiguos cuyo significado Eggers, pese a su extrovertida tendencia a explicarlo casi todo, no ha terminado de aclarar. Y eso redunda en beneficio de la película, donde hay referencias visuales a lienzos e ilustraciones antiguas, y guiños literarios que van más allá de lo griego. Quizá el guiño más evidente es a H. P. Lovecraft, pero no es el más importante. Eggers es fan de Lovecraft, pero afirma —con razón— que el modus operandi del escritor no encajaría con esta película. Lovecraft solía plantear misterios para revelarlos después con minuciosidad. Aquí, Eggers prefería construir un misterio que no fuese expuesto de manera tan directa.

    Empecemos por lo básico, los dos protagonistas. Proteo (un extraordinario, ¡extraordinario! Willem Dafoe) es un dios del océano, un subordinado de Poseidón. En la mitología griega, Proteo tiene la habilidad de ver el futuro, por lo que muchos tratan de apresarlo para obligarle a revelar predicciones. Sin embargo, Proteo es celoso del conocimiento que solamente él atesora y se resiste a compartirlo, así que se defiende cambiando constantemente de forma para despistar a sus perseguidores. Según la leyenda, Proteo vivía en la isla egipcia de Faro, la misma donde el rey Ptolomeo I ordenó construir el famoso faro de Alejandría y de donde procede el nombre de este tipo de edificio. En cuanto a Prometeo (Robert Pattinson), era un titán —un dios menor— que se preocupaba de los seres humanos y las aparentes injusticias que Zeus cometía sobre ellos. Prometeo engañó a Zeus para que los seres humanos, cuando sacrificaban un animal en honor de Zeus, pudieran quedarse con la carne y darle los huesos al dios supremo. Enfadado por el engaño, Zeus decidió castigar a los humanos retirándoles el uso el fuego, con lo que ya no podían calentarse o cocinar los alimentos. Viendo el alcance del desastre, Prometeo desafió a Zeus por segunda vez. Se escabulló en el Olimpo y robó el fuego para volvérselo a entregar a los mortales. Zeus, todavía más enfadado que antes, condenó a Prometeo a vivir encadenado mientras un ave rapaz le devoraría las entrañas por toda la eternidad.

    Así pues, tenemos a dos personajes que en origen no formaban parte de un mismo mito, pero que Eggers ha unido en una misma historia unido aprovechando que son de naturaleza complementaria: Proteo acapara conocimientos secretos. Prometeo quiere adquirir esos conocimientos secretos. El conflicto está servido.

    Todo este paralelismo mitológico no es una simple ocurrencia momentánea del director. Él y su hermano Max Eggers llevan años dándole vueltas a este guion, construyéndolo de manera metódica, añadiendo elemento tras elemento. De hecho, la idea inicial consistía en escribir una película de fantasmas ambientada en un faro, terror convencional que no tenía ninguna relación con la mitología ni con la historia del faro galés que mencionábamos antes. No obstante, mientras desarrollaban el guion, descubrieron el suceso de los dos fareros llamados Thomas y, paralelamente, empezaron a introducir los símbolos mitológicos, pictóricos y literarios. Tras un cuidadoso proceso de escritura, las dos historias paralelas —Proteo contra Prometeo, Thomas contra Thomas— terminaron encajando como un guante hasta convertirse en una sola. En efecto, la película podría ser leída de esas dos maneras: como la historia de un farero que se vuelve loco y termina asesinando a su compañero, o como una pelea a muerte entre seres divinos que compiten por la posesión de un conocimiento trascendental.

    Vamos con la historia. Pattinson (Prometeo) llega a la isla para ponerse a las órdenes de Dafoe (Proteo). Pronto descubre que su superior está empeñado en humillarlo y que no duda en abusar de su poder incluso en contra del reglamento oficial. La conducta de Dafoe es innecesariamente desagradable y constituye una base de injusticia similar a la que el antiguo Prometeo vio en la relación de Zeus con los mortales. Dafoe también incumple el reglamento impidiendo que Pattinson acceda a la parte superior del faro, donde está colocado el foco. Es allí donde se mantiene el fuego divino. Que no es solamente fuego, sino también el conocimiento trascendental, la propia esencia de la vida. En un paralelismo jungiano apenas disimulado, el faro es un pene erecto y el semen —que en una escena llegamos a ver de manera explícita cayendo desde lo alto, cuando Dafoe se masturba frente a la luz del faro— es un destilado parcial de esa esencia vital primigenia.

    La prohibición de acceder a lo alto del faro tortura a Pattinson. Esto empeora porque Dafoe, aunque se niega a mostrarle el secreto del fuego divino, sí parece divertirse intentando que Pattinson caiga en la tentación. Por ejemplo, Dafoe se empeña en que Pattinson beba alcohol, algo que el reglamento prohíbe. Y el alcohol, como veremos, es precisamente el camino a la perdición,


    El faro (2019). Imagen: A24 / New Regency Pictures / RT Features.

    Proteo y Prometeo son dos personajes masculinos que compiten por imponer su propia masculinidad para apoderarse del fuego divino. Lo hacen como lo haría cualquier par de varones aislados en una isla y enfrentados entre sí: mediante humillaciones y una batalla constante por establecer una jerarquía. Pero también mediante una constante competencia sexual porque, aunque en la isla no hay mujeres por las que competir, sí hay dos elementos femeninos. Detalle significativo: ninguno de los dos elementos femeninos es atractivo de por sí porque no representan a la mujer, sino a los misterios de la fuerza femenina de la naturaleza, como ya veremos. Por un lado está la sirena de madera con la que Pattison se obsesiona, que es una talla basta y amorfa en la que no hay una pizca de erotismo; en algún momento la sirena de madera se materializa en ser vivo y su mitad femenina es extremadamente atrayente, sí, pero la otra mitad es un cuerpo de pez dotado de genitales repugnantes (Eggers afirma que se basó en los genitales de los tiburones para componer tan desasosegante visión). Así pues, la sirena es un sustituto imperfecto de la feminidad perfecta a la que Pattinson no tiene acceso.

    La feminidad perfecta es el otro elemento femenino de la isla: el propio océano. El océano permanece a la espera de que la luz de faro, o dicho de otro modo, la eyaculación de ese gigantesco pene que es el faro, lo fecunde. Así, quien controle la parte superior del faro —el fuego divino— puede fecundar al océano y conocer los secretos últimos del cosmos. Pattinson se masturba fantaseando con la sirena, pero lo que en realidad le gustaría es masturbarse o copular con la luz del faro como hace Dafoe. Dicho de otro modo: Pattinson solo puede follarse a la sirena, un elemento oceánico menor e imperfecto, mientras envidia a Dafoe porque Dafoe sí puede follarse al océano mismo. En algún momento del guion, usando las peculiaridades del habla marinera, Dafoe se refiere al mar no como the sea, sino como the she: «Ella, que se extiende alrededor del globo».

    Las extrañas pulsiones sexuales de los dos personajes podrían tener sentido si los leemos de manera literal en una historia de fareros decimonónicos que no tienen mujer alguna a la vista y que, aunque parecen tentados por la idea de mantener relaciones homosexuales, rechazan la posibilidad avergonzados. Hay una escena en la que Dafoe y Pattinson están borrachos bailando y parecen a punto de besarse. Pero Eggers dice que la expresión de una atracción homosexual reprimida no es el objetivo final de la secuencia porque la narración no es literal, sino simbólica. En términos mitológicos, o al menos en términos de la mitología particular aquí creada por el cineasta, la sexualidad expresa el deseo de poseer. Así pues, Prometeo y Proteo abortan su breve escarceo homoerótico porque no pueden poseerse mutuamente. Solo pueden intentar anular al otro para conseguir monopolizar aquello que sí puede ser poseído: el fuego del faro y, a través de él, el elemento femenino. Proteo y Prometeo no pueden amarse, están destinados a competir. Eggers también menciona «los arquetipos del ermitaño y el mago, del tonto y el ladrón» como maneras de expresar la tensión entre dos personajes enemistados.

    Dafoe, que cambia de forma como Proteo que es, juega con las ansias de Pattinson. Prohíbe, pero también tienta. Juguetea, pero también advierte de que pretender obtener por la fuerza un conocimiento reservado a dioses de mayor rango es una idea peligrosa. Dicho con otras palabras: Proteo prohíbe que Prometeo contemple el fuego misterioso, pero todo en la isla —desde las gaviotas hasta, irónicamente, el propio Proteo— parece ejercer su influencia para que Prometeo desafíe la prohibición. Alguien (¿Zeus?) ha convertido la isla en una trampa donde Prometeo pagará por sus deseos de contravenir la voluntad de los dioses más poderosos que él. De hecho, durante una de sus shakesperianas peroratas, Dafoe menciona el cielo y el infierno en términos de leyendas marineras: el «baúl de Davy Jones» es el fondo marino donde van a parar los ahogados; el «Fiddler’s Green», o jardín del violinista, es una fiesta perpetua donde siempre suena un violín y los marineros que se han ganado el cielo bailan sin cansarse nunca. También menciona a las «formas proteicas que aparecen nadando desde las mentes de los hombres» y el «saqueo de Prometeo», mientras justifica su propia naturaleza cambiante como la verdad. Dafoe está avisando a Pattinson: hay dos caminos, el de la sumisión que conduce al cielo, y el de la rebeldía que conduce al infierno.

    Ese aviso se presenta también en una manera concreta: dañar a las gaviotas de la isla trae mala suerte (gaviotas, por cierto, que son reales y estaban entrenadas para realizar determinadas acciones en sus secuencias) porque en ellas viven los espíritus de los marineros que murieron ahogados, esto es, los espíritus de aquellos mortales que se intentaron adentrarse en el misterio divino y fueron consumidos por él. Las gaviotas están viviendo en su propio infierno, pero al mismo tiempo ejercen como guardianes de lo sagrado y por lo tanto no deben ser tocadas. Sin embargo, las gaviotas fastidian constantemente a Pattinson y da la impresión de que, curiosamente, lo hacen por orden de Dafoe o por lo menos con su aquiescencia. Varias de ellas mueren y se descomponen en el depósito de agua potable arruinando el suministro; una vez más, se puede sospechar que lo han hecho a propósito, siguiendo órdenes. Que el agua potable se estropee no le importa a Dafoe, que solo bebe alcohol, pero enfurece a Pattinson, que agarra a una gaviota y la mata a golpes, de manera exageradamente salvaje. Así, con la muerte de esa gaviota, Prometeo acaba de desencadenar la mala suerte.

    ¿Qué es la mala suerte? Llega precedida de un anuncio, la tormenta. Pero la mala suerte en sí misma es simbolizada por la garrafa metálica de alcohol de quemar que los dos hombres usan para alimentar el fuego del faro. El alcohol lleva a la perdición mediante el siguiente proceso: desprovisto de agua, Pattinson se ve obligado a beber el licor de Dafoe, que antes rechazaba. Pero el licor se termina, así que ambos fareros empiezan a beberse una garrafa de alcohol que jamás fue fabricado como bebida, sino como combustible. Ese alcohol es un veneno que puede encloquecer a un hombre, pero es mucho más que eso: esa garrafa es una representación del ánfora donde Zeus, en su venganza contra Prometeo y los mortales, condensó todas las calamidades que pueden aquejar a la humanidad. Aunque, a lo largo de los siglos hemos terminado conociendo el ánfora como «la caja de Pandora».

    El alcohol de quemar, lógicamente, le produce a Pattinson una borrachera psicótica. Enloquecido, Prometeo consigue por fin vencer la resistencia de Proteo y rebelarse; ataca a Proteo, le arrebata las llaves del faro y asciende a lo alto para descubrir qué es lo que se esconde en el faro, qué es ese secreto que Proteo protegía con tanto afán. Prometeo abre la portezuela del foco y contempla por fin el misterio. ¿Qué es lo que ve? No lo sabemos. Es el fuego de los dioses, pero no necesitamos saber qué conocimientos proporciona. Como dice con ironía el director de la película, «si le dijese al público lo que Prometeo ve en lo alto del faro, el público correría la misma suerte que él». Prometeo, pues, ha robado el fuego de los dioses, ha visto lo que no debía ser visto. Su éxtasis inicial se va transformando en horror cuando se da cuenta de que se acaba de condenar; cae por las escaleras y queda tendido en la playa, vivo, mientras las gaviotas picotean sus entrañas. Ha adquirido la sabiduría última, ha contemplado la esencia vital del mundo, pero ahora tendrá que pagar un terrible precio durante toda la eternidad.

    Todo este trasunto mitológico, de haber sido mal enfocado, podría haber resultado pretencioso y superfluo como sucede en otras películas —estoy pensando por ejemplo en Mother!, de Darren Aronofsky—, pero no deja de asombrarme cómo The Lighthouse intercala una historia de fareros con una historia mitológica que, para colmo, es una reelaboración y no una adaptación directa del material original de la Grecia clásica. Proteo y Prometeo no se «conocían», pero lo hacen en esta película y todo encaja a la perfección. Por descontado, las interpretaciones ayudan; Dafoe está en estado de gracia y Pattinson, no es la primera vez, hace olvidar esa calamidad innombrable que fue la saga Crepúsculo. Los diálogos son una auténtica delicia, por momentos parecen una adaptación de Herman Melville. El guion es un delicado trabajo de orfebrería cuya confección ha llevado años. Por descontado, ni la película, ni la dirección, ni las interpretaciones ni el guion recibieron nominaciones (la fotografía sí fue nominada) porque había que darles las respectivas palmaditas a Pitt, DiCaprio y Tarantino: esto es un negocio, amigos. Tarantino da dinero, Robert Eggers no. Nos daremos por consolados con el triunfo de Parasite.

    https://www.jotdown.es/2020/03/la-ri...he-lighthouse/

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