El contundente documental sobre Jeffrey Epstein revela a un villano de manual.
Alejandro Lingenti

Jeffrey Epstein: asquerosamente rico/ Jeffrey Epstein: Filthy Rich (Estados Unidos / 2020). Serie documental de cuatro capítulos dirigida por Lisa Bryant y producida por John Scholl.

Spoiler:
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Nuestra opinión: muy bueno.

Lejos de cerrar completamente el caso, la muerte en prisión de Jeffrey Epstein abrió nuevos interrogantes sobre la extensa red de contactos que manejaba el magnate neoyorquino, que en el momento de su suicidio aguardaba la sentencia definitiva de un largo y sinuoso proceso judicial en el que se lo acusaba de tráfico sexual y conspiración.

Cuando apareció muerto en una de las celdas de la prisión conocida como "el Guantánamo de Manhattan" por las pésimas condiciones que deben soportar los reclusos, las especulaciones de la prensa no se hicieron esperar: ¿fue realmente un suicidio? Esa pregunta queda también planteada en el final de esta miniserie documental de cuatro capítulos de Netflix cuyo logro más importante es darles voz a varias de las víctimas de los abusos de un millonario que gozó durante muchísimo tiempo de una impunidad sorprendente.

Las dolorosas revelaciones de esas mujeres abusadas, muchas de ellas siendo menores de edad, son útiles no por sus detalles escabrosos, sino por todo lo que permiten observar sobre el funcionamiento del poder en la sociedad estadounidense. Con mucha solvencia, esta película que contó con la producción ejecutiva de un experto en la materia (Joe Berlinger, director de la impactante Conversaciones con asesinos: las cintas de Ted Bundy) va entretejiendo esos testimonios con los de investigadores, funcionarios judiciales, abogados y periodistas que siguieron el caso para armar una trama por momentos insólita y protagonizada por un villano de manual, que responde a cada cargo que le hacen con una invocación a la célebre quinta enmienda de la constitución de su país, que le reconoce el derecho a negarse a brindar testimonio si éste puede incriminarlo.

Dueño de una mansión espectacular en la isla de Palm Beach (Florida), un rancho de miles de hectáreas en Nuevo México, un lujoso departamento en París, otro de enormes dimensiones y rigor neoclásico en el exclusivo Upper East Side de Nueva York y y hasta de una isla entera (la Little St. James) en el archipiélago de las Vírgenes, Epstein fue un auténtico self made man que, pensado en perspectiva, podría definirse como una versión perversa del sueño americano que también simboliza Donald Trump, un viejo conocido que tomó prudente distancia cuando olfateó peligro.

En ese sentido, es muy significativa la historia de Alexander Acosta, el único hispano del gabinete del actual presidente de los Estados Unidos, nombrado secretario de Trabajo en 2017 y conminado a renunciar dos años después cuando se revisó el escandaloso acuerdo que hizo con Epstein como fiscal de Florida, que lo exoneraba de casi todos sus crímenes a cambio de apenas dieciocho meses de prisión en condiciones de notorio privilegio.

Sobre el final del documental, Virginia Roberts Giuffre, una de las abusadas y también una de las denunciantes más tenaces y comprometidas, señala que el depredador no actuaba solo, y entre sus contactos frecuentes estaban nada menos que Harvey Weinstein, el príncipe Andrés de Inglaterra y Bill Clinton. ¿Continuará?.


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