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Wendy
30-06-2015, 13:23:11
La cultura Twitter y la adictividad de la gratificación inmediata
Por Santiago Bilinkis


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Necesitamos ser a la vez patinadores en la superficie de la laguna y buceadores. Dominar la habilidad de acceder a hechos mientras reservamos el tiempo y espacio para hacer algo significativo con ellos"
Andrew Sullivan (The Times)

Hace un tiempo atrás compartí en un post mi gran preocupación por la pérdida de la capacidad de concentrarse y prestar atención derivada del uso habitual de Twitter y otras redes sociales que observo en mí y muchos de los que me rodean. Ese post dio lugar a una gran discusión y se convirtió en el más “retwitteado” de la historia de Riesgo y Recompensa.

Hace unos días atrás Guillermo Jaim Etcheverry publicó una columna en el diario argentino La Nación, donde, con su habitual lucidez, reflexiona sobre los efectos de la hiperconectividad sobre nuestra capacidad de concentrarnos.

Allí, él plantea que vivimos falsamente convencidos de que “a cada instante, en algún lugar del planeta está ocurriendo algo trascendental para nuestras vidas”. Esa íntima convicción, apareada con la abrumadora disponibilidad de nueva información en tiempo real, genera, al decir de David Meyer, “una plaga cognitiva capaz de anular la capacidad de concentración y pensamiento productivo“. (La cita que Jaim Etcheverry hace proviene de este artículo que les recomiendo leer completo si les interesa el tema).

Yo comparto esa línea de pensamiento, pero hay un elemento que creo que está faltando: nuestra repentina e irrefrenable adicción a la “gratificación instantánea”.

En una famosa investigación realizada hace ya casi 40 años, el psicólogo de la Universidad de Stanford Walter Mischel midió la capacidad de un grupo de niños de autocontrolarse y demorar la gratificación en pos de una recompensa ulterior. En el experimento, conocido como el “Marshmallow experiment”, él ofrecía a los niños un malvavisco, pero prometía entregar un segundo si ellos esperaban 15 minutos sin comer el primero.

Las conclusiones del experimento fueron muy interesantes: muy pocos niños sucumbían a la tentación de manera inmediata. La mayoría hacía un intento por esperar y obtener el segundo. Pero solo un tercio lograba llegar al límite de 15 minutos. Los demás, pese a que recurrían a estrategias como mirar hacia otro lado o moverse nerviosamente, terminaban sucumbiendo a la tentación y comiendo el primer malvavisco antes de tiempo.

Lo más llamativo, de todos modos, llegó años después de manera inesperada. Investigaciones posteriores sobre los niños que habían sido parte del experimento original demostraron una fuerte correlación entre la capacidad de esperar y demorar la gratificación y el rendimiento posterior en el plano académico y profesional.

En un sentido es casi obvio. Prácticamente todos los grandes logros en la vida implican ser capaces de tolerar sacrificios a corto plazo en pos de una meta que solo llega tiempo después. Esto es cierto para grandes cosas como una carrera universitaria, pero también otras menores como leer un libro.

Volvamos ahora al tema central del post. La mayoría de quienes leen esto, yo incluido, crecimos, en un mundo muy diferente al actual. Tal vez no fuéramos esencialmente diferentes a los niños de hoy en nuestra capacidad de resistir las tentaciones de las gratificaciones inmediatas. Simplemente, ¡es que casi no las había! Igual que sucede hoy, ir al colegio podía parecernos aburridos. Pero, ¿cuál era la opción? Cuando yo faltaba a clase a la mañana, no había televisión hasta las 10. A esa hora arrancaba un único programa, Telescuela Técnica, que era más aburrido que la escuela! A las 11 sí, finalmente, llegaba un programa infantil con dibujos animados. Pero la “panacea” apenas duraba una hora. Después volvía con toda su fuerza el aburrimiento.

A mi modo de ver, las redes sociales como Facebook o Twitter son una fuente de noticias e información muy funcionales a la convicción de la que hablaba David Mayer. Pero yo creo que hay un fenómeno más profundo que el que menciona Jaim. Porque mucho más que la ansiedad por noticias relevantes nos cautiva el poderoso atractivo de lo vacuo y lo superficial. Del mismo modo que la mayoría de los argentinos a la noche elije ver Tinelli y no un programa periodístico político, las redes sociales y la web nos dan algo mucho más adictivo que las noticias: pequeñas ventanitas a vidas ajenas, a reflecciones pasajeras o juegos informales que resultan mínimas distracciones en dosis homeopáticas.

Ted Selker, quien estuvo dando una charla cuando estuve en Singularity University, estima que nuestro tiempo de atención cuando estamos navegando en internet es de nueve segundos, el mismo tiempo que tiene un pececito dorado (gold fish).

De esta manera, mucho más que saciar la sed informativa, Twitter machaca sin pausa sobre el resorte mental de la gratificación instantánea. Nos enfrenta, de manera impiadosa y permanente, a demostrar nuestra capacidad de demorar algo que ahora nos daría una pizca de satisfacción ya en pos de una recompensa que puede estar a horas, días, meses de distancia.

La abundancia de estímulos no solo genera que cuantitativamente flaqueemos más a menudo, sino que también genera una suerte de adicción a esta felicidad vacua, minúscula y efímera. Cual bebedores compulsivos, tan pronto estamos un cierto plazo enfocados en alguna actividad que no provee el necesitado “malvavisco”, nuestra mente empieza a pedirnos uno usando la herramienta más poderosa de la que dispone: la distracción.

En psicología el atributo intelectual de poder demorar la gratificación se conoce como “fuerza de voluntad” o “auto control”. Jaim Etcheverry cierra su artículo pensando en esa línea, proponiendo que “reaprendamos a concentrarnos (…) evitando la ansiedad por sumergirnos en el mundo de las máquinas”. Pero yo creo que enfrentar una compulsión con fuerza de voluntad es una lucha desigual, con altas chances de derrota.

Hoy cuando le cuento a mis hijos que cuando yo era niño solo había cinco canales de TV y una hora de dibujos animados por día ellos me miran con incredulidad, casi sorna. Cierro los ojos y puedo imaginar a mis nietos mirandome de la misma manera y diciendo: “¿¿¡¡En serio vos hacías la misma cosa todo el tiempo durante más de cinco minutos??!!”.

¿Será el camino de salida de este embrollo controlar mejor nuestro impulso de usar las adictivas herramientas disponibles hoy en día? ¿Habrá un camino hacia una nueva manera de enfocar nuestro pensamiento sin repudiar la tecnología? ¿O habrá que aprender a vivir pensando de una nueva manera desenfocada aún desconocida, con la concentración como curiosa reliquia del pasado?

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